martes, 6 de octubre de 2009

VIRTUDES

6.- LAS VIRTUDES DE LA VIDA INTELECTUAL

La perfección de la inteligencia ocupa un lugar fundamental en la cultura católica. La razón está en que esa potencia es la , que lo abre a lo absoluto, e indica que el fin último del hombre consiste en una visión intelectiva de Dios (acto sobrenatural, don gratuito). Veremos ahora las perfecciones de la inteligencia humana desde la comprensión filosófico-teológica.
La primera actividad del entendimiento humano consiste en formar las primeras nociones, es decir, la noción de ser y las que de ella se derivan inmediatamente. Con ellas el entendimiento formula los primeros juicios que iluminarán todos los demás juicios y todos los raciocinios a lo largo del camino de descubrimiento de la verdad.
A partir de la noción de ser (ens, o ente), que es la primera de todas, se despliegan las subsiguientes: ‘no-ser’, ‘división’, ‘unidad’, ‘bondad’, ‘causa-efecto’... nociones por las cuales el entendimiento humano emite los juicios primeros que quedarán sellados de un modo indeleble en la memoria a modo de hábito . Desde ellos nuestro entendimiento busca iluminar todas las cosas hasta su intelección más profunda. Ese sello indeleble o ‘forma impresa’ es el ‘hábito de los primeros principios’ (o intellectus)[1], la primera de las virtudes dianoéticas.
Esto sucede muy temprano en la vida humana, tan pronto como el niño comienza a entender, aunque sea muy imperfectamente. Las verdades contenidas en él intellectus son ‘evidentes’ en sí y para todos los hombres[2]. Su evidencia proviene del ‘ser’ de las cosas, que causa en nuestro entendimiento la verdad. Por ser juicios de verdad evidente, la mente los emite tan pronto como conoce el sentido de los términos: así, cuando conoce lo que es ‘ser’ y ‘no-ser’, formula el principio de no contradicción: ‘nada puede ser y no ser al mismo tiempo en el mismo sentido’. Entendemos también que entre el ser y el no ser no hay término medio (principio de tercero excluido). De la noción de unidad o indivisión formamos el principio de identidad o coincidencia entitativa. A la unidad sigue el concepto de multitud, que no puede formarse sin que cada particular sea pensado como siendo uno[3]. Luego entendemos que ‘el todo es mayor que la parte’, y cuando captamos que algo no es por sí mismo, es decir, formulamos el principio de causalidad, (‘lo que no es por sí, es causado, es decir, recibido de otro’) en sus diversos órdenes: ‘todo agente obra por un fin’ (principio de finalidad o causa final); ‘todo lo que se mueve es movido por otro’ (causa motriz); ‘toda acción se explica por alguna forma’ (causa formal), ‘todo lo que no tiene el ser por sí, ha recibido la existencia’ desde otro (causa eficiente); ‘todo lo que no es su propia forma, tiene un modelo en otro’ (causa ejemplar).
Además de todos estos principios que ordenan la especulación humana, tenemos los principios que iluminan la praxis del hombre (sindéresis), en primer lugar el que dice ‘el bien debe hacerse y el mal evitarse’. Este primer principio se forma a partir de la noción del ser, entendido como bueno, y del no ser entendido como malo: algo que debería ser y no es. Desde aquí se iluminan todos los principios de la ley natural, por la lectura recta y el discernimiento entre lo que hace bien a la naturaleza humana y lo que no lo hace: “... todo aquello a que el hombre tiene inclinación natural, la razón lo aprehende naturalmente como bueno...y sus contrarios los aprehende como malos...”[4]. En efecto, lo que la naturaleza busca a través de sus potencialidades es el ser, mientras que huye del mal, como un modo de no-ser (Ej. miedo a la muerte).
Sin estas verdades conocidas espontáneamente sería imposible proceder de las premisas a la conclusión, pues el pensamiento quedaría indiferente ante una cosa u otra (pensemos por ejemplo, cómo podría afirmarse algo si no conozco que nada puede ser y no ser al mismo tiempo; daría entonces lo mismo afirmarlo que negarlo...el entendimiento estaría paralizado).
Santo Tomás enseña que se trata de un hábito muy especial, porque no se forma por la libre elección del hombre ni por el ejercicio continuo de un acto. El intellectus es un hábito incoado por Dios en la inteligencia humana (incoado, no innato[5]). Esto significa que su formación ya viene preparada en el orden natural de nuestra inteligencia, de un modo infalible. Para que se forme este hábito sólo hace falta que el entendimiento humano comience a estar delante de su objeto propio, a través de la sensibilidad y las primeras abstracciones. Por esta razón el niño aprende las verdades primeras del raciocinio, no de sus padres sino espontáneamente.
Bajo la luz del intellectus se va desplegando el conjunto de la inteligencia común (conocida también como ‘sentido común’ de los hombres, aunque nosotros reservamos esa denominación propiamente para la potencia sensitiva que ya estudiamos). La inteligencia común del hombre contiene un conjunto de verdades teoréticas y prácticas que sirven para ordenar la vida común del hombre.
Así, nuestro entendimiento inicia el proceso que parte de los principios y retorna a ellos una y otra vez. El raciocinio parte de los principios y busca retornar a ellos para contener en ellos la multitud de verdades descubiertas[6].
Al madurar el hombre con la edad, su inteligencia busca alcanzar la ciencia y la sabiduría, virtudes que no vienen incoadas en la naturaleza sino que requieren aplicación diligente y disciplinada.
La ciencia como hábito se refiere a las verdades de algún género de cosas (Ejs: matemáticas, psicología, botánica). La sabiduría, en cambio, es el conocimiento, por modo de hábito, de las verdades que están por encima de todos los géneros de cosas, y los ilumina a todos.
Las ciencias se distinguen unas de otras por el objeto de estudio, llamándose ‘objeto formal’ a aquel que compete a esa ciencia solamente (por distinción de la materia general sobre la que cae la consideración, llamada entonces ‘objeto material’). Así por ejemplo, la psicología y la política estudian al hombre, pero cada una estudia una formalidad propia[7]. Según el propio objeto, cada ciencia establecerá el método más adecuado posible.
La ciencia es un hábito cualificante, por el que el entendimiento humano logra la posesión sistemática (articulada) del conjunto de principios explicativos de algún género de cosas. Poseída alguna ciencia, el hombre en condiciones de vigilia normal, puede ya considerar esas verdades cuando quiera y rectamente.
Mientras que los hábitos científicos pueden ser muchos porque son muchos los géneros de la realidad, el hábito de la sabiduría es sólo uno, porque el sabio considera las altísimas causas o principios de todas las cosas, en absoluto. De una sola mirada lo entiende todo (aunque con el límite propio del entendimiento humano). Por esta razón, es el sabio a quien corresponde juzgar y ordenar acerca de todas las cosas, porque el juicio universal último no puede ser alcanzado sino por la resolución de todo en sus primeras causas[8]. La unidad de la sabiduría se funda sobre la unidad de lo real.
En el plano natural humano, el nombre de sabiduría corresponde sólo a la ciencia Metafísica o Filosofía Primera, como ciencia del ser en cuanto ser y sus atributos.
De este modo, el edificio teorético del entendimiento humano se eleva desde la consideración común de las cosas materiales, hasta la intelección de las cosas más espirituales y separadas de la materia (el alma humana, y especialmente Dios). Una ciencia es más perfecta a medida que su objeto está más separado de la materia, pues entonces se alcanza el ser inteligible en acto.
El entendimiento humano progresa por tres grados de superación o desprendimiento de la materia:
En primer lugar se halla la abstracción Física que supera la materia sensible individual de las cosas de este mundo, para alcanzar lo universal, pero retiene las condiciones materiales sensibles ‘comunes’ (Ej. supera la consideración de los colores de un árbol concreto para retener la intelección de los colores característicos de la especie a la que pertenece ese árbol). Es el mundo de nociones más comunes de los hombres y de muchas ciencias, como la botánica, las distintas ramas de la zoología, la geología y demás ciencias que intentan conocer los géneros y especies de las cosas existentes en la materia individual.
El segundo grado de abstracción se reserva para las ciencias matemáticas, que consideran la cantidad y sus propiedades. Aquí se dejan de considerar las cualidades sensibles pero se retiene cierta ‘materia inteligible’ , a saber, la sustancia en cuanto es sujeto de la cantidad.
Por encima de esta consideración se halla la Metafísica (tercer grado), que supera definitivamente toda ‘materia’. Sus nociones no contienen una relación esencial a materia alguna y por ello pueden predicarse en absoluto, de cualquier ente, sea material o inmaterial. Aunque es verdad que estas nociones las aprehendemos a partir de cosas materiales que ingresan por los sentidos, no lo es menos que se trata de nociones que nos elevan por encima de toda materialidad y nos habilitan para la contemplación de lo sublime (así las nociones de acto, potencia, ser, sustancia, y otras semejantes)[9].
En la cultura católica por encima de la metafísica se desarrolla la Sacra Doctrina o Teología sobrenatural. Esta ciencia mixta de conocimiento divino y humano, es una sabiduría más alta porque se adentra en los misterios que superan la luz natural de la razón e irradian a su vez sobre la razón.
Finalmente, el edificio intelectivo del hombre culto católico se corona con la sabiduría infusa (uno de los siete dones del Espíritu Santo).
De este modo, naturaleza y gracia llevan al conocimiento humano a su perfección, ordenándolo a Dios como a su fin. El hombre camina hacia la visión beatífica a través de las cosas del mundo y en el claroscuro de la fe. En la visión “le veremos tal cual es” (I Jn 3, 2); este es el fundamento último por el que el entendimiento debe ser cultivado, porque su destino es el gozo eterno de la verdad total.


7.- LA EXTENSIÓN DE LO ESPECULATIVO LO PRÁCTICO: EL ARTE Y LA PRUDENCIA

Por el hecho de estar el hombre inserto naturalmente en el mundo de los cambios, de la generación y la corrupción de cosas, su vida se halla condicionada por innumerables necesidades prácticas. El entendimiento humano debe hacerse cargo de muchas acciones exteriores, para hacer bien todo lo que hace, para obrar bien respecto de sí mismo y de los demás. Así, “lo especulativo, por extensión se hace práctico”[10].
Aparecen entonces los hábitos prácticos que perfeccionan el entendimiento humano: el arte (las artes) y la prudencia.
El arte configura la perfección que los griegos llamaban ‘saber poiético’, la perfección que se forma en nuestro entendimiento y que nos habilita para realizar bien algún oficio, profesión, técnica, o cualquier cosa que sea producida por el hombre. Se trata de un hábito (o varios cuando se cultivan diversos rubros artísticos). Podemos definir el arte como la “recta razón del hacer’ o ‘recta razón de lo factible”. Si se trata del cultivo artístico en orden a la belleza, aparecerán las bellas artes, mientras que, si lo que se busca es producir algo en orden a su eficiencia, será sólo una técnica.
Si por el arte el hombre ordena el mundo y las cosas para construirse un hábitat y las condiciones materiales del buen vivir, por la prudencia rige su vida moral, íntegra. Por esta virtud el hombre ordena el obrar, por lo que se la define como “recta razón del obrar” (o de lo agible).
La prudencia es a la vez virtud del entendimiento y virtud moral, porque perfecciona la razón y al mismo tiempo pone orden en todo el acto humano, haciendo bueno al hombre íntegro. Involucra el querer de la voluntad hacia el bien completo del hombre; supone la rectitud de la voluntad e incluye el uso que ésta hace de las demás potencias del alma para ejecutar las acciones propias del acto humano. Por esto la prudencia produce un orden en todas las facultades superiores del psiquismo humano (causa de salud psíquica).
La prudencia es la virtud moral por excelencia, madre y forma de las demás virtudes morales, pues ello pone el modo, el tiempo, el orden debido en el acto de las demás virtudes.
Por todo esto se entiende que se trata de la virtud del recto gobierno de la vida humana. Alguien puede cumplir muy bien un oficio o arte sin ser necesariamente bueno moralmente, y viceversa. El arte sólo tiene por fin la obra exterior bien hecha, por lo que no es una virtud moral[11]. El prudente, en cambio, mira al orden de su acto en el concierto de la totalidad de la vida, hacia el fin último y por ello su acto le hace necesariamente buen hombre; tiene en sí una virtud para obrar el bien completo, sea el suyo propio o el de la comunidad. El hombre prudente es aquel que gobierna su vida o la de la comunidad en las acciones concretas, con inteligencia lúcida, hacia el verdadero fin último (el Bien Común, en el caso de la comunidad).
El acto propio, específico de la prudencia es el ‘imperio’: orden dictada por la razón, contando con la fuerza de la voluntad que apetece firmemente el bien. El imperio aplica la ciencia moral y todos los conocimientos de nuestra experiencia al acto concreto ‘aquí y ahora’ (hic et nunc), para ordenarlo rectamente hacia el fin de la vida.
Para ser prudente hay que desarrollar la docilidad al consejo, la capacidad para captar el sentido de las cosas (entendimiento), hay que habituarse a lanzar cierta mirada al futuro (providencia), tener precaución de los obstáculos. Es necesario sobremanera ejercitar la memoria (porque la prudencia se nutre de la experiencia), saber recorrer las circunstancias de la acción a realizar (circunspección), tener cierta rapidez para descubrir lo implicado en una situación (eustoquia: via inventionis); rapidez para conjeturar y disponerse a pasar rápidamente a la acción cuando todo esto se ha realizado (solertia o solicitud). Es entonces el tiempo justo del ‘imperio’, acto principal y esencial de la prudencia. La capacidad de aconsejar bien (eubulia), la de seguir el conocimiento común de las reglas de vida (sinesis; vulgarmente: sentido común), y por el contrario saber cuándo hay que apartarse de lo común (gnomes), constituyen ciertas virtudes adjuntas (partes potenciales de la prudencia)[12].
La falta de prudencia puede degenerar en diversos vicios: la ‘precipitación’ en la acción, la ‘inconsideración’ de las cosas necesarias al acto bueno, la ‘inconstancia en el buen propósito’ que aparta la razón del verdadero bien. Muchas son las cosas que causan estos vicios, pero todas tienen que ver con aquello que atrae al hombre fura del bien espiritual (codicia, lujuria...). Ahora bien, si lo que falla es la debida solicitud, estamos ante la negligencia. La avaricia suele causar modos de falsa prudencia o ‘prudencia de la carne’ (Cf. Rm 8, 6), la cual puede revestir a su vez diversas formas: pensar medios deshonestos (astucia), ejecutar las acciones astutas (dolo), engañar en los hechos (fraude), tener excesiva solicitud por las cosas temporales (Cf. Mt 13, 22, lo que se opone a la confianza en la Providencia), o mucha solicitud por las cosas futuras (Cf. Mt 6, 34)[13].
En la vida del hombre culto católico, la prudencia no es una mera cualidad conquistada en su devenir intramundano. La prudencia se hace cargo de la ley de Dios y por ella resultad iluminada. Se ocupa de todos los mandamientos, porque siguiéndolos ordena las obras del hombre[14].
Más allá de este esfuerzo del hombre, el Espíritu Santo le infunde con la gracia una suerte de prudencia sobrenatural, y sopla además con su don de consejo que le otorga al hombre una luz sobrenatural para conocer los medios adecuados para la salvación. De este modo, la prudencia cristiana, asumiendo todo lo legítimo que hay en la vida común de los hombres, de los grupos, de las naciones, se coloca en otro plano superior y trascendente, con mirada esjatológica, y por ello el hombre se hace apto para vivir la bienaventuranza de la misericordia, porque advierte que sólo por misericordia, Dios le salva, y por eso él mismo debe ser misericordioso con los demás[15].


8.- EL ORDEN VIRTUOSO HACIA LOS DEMÁS: LA JUSTICIA

La JUSTICIA es la virtud más excelente entre aquellas que puede adquirir el hombre en su voluntad y por su propio esfuerzo. Que semejante estima se tuvo siempre de esta virtud lo demuestra por un lado el hecho de que en las Sagradas Escrituras, muy a menudo se llama ‘justo’ al hombre bueno (claro que en un contexto salvífico, de justificación ante Dios); y por otro lado la declaración de Aristóteles, que considera la belleza de una ciudad justa, como más deleitable que la del crepúsculo matutino y el vespertino[16]. Y por su puesto, como para todas las virtudes cardinales, cabe aquí la distinción entre una justicia puramente ‘humana’ y la justicia infusa, que se ordena al Reino de los cielos. Debemos tratar entonces acerca de ese orden completo de la justicia.
Comencemos definiendo: ¿qué es ser justo?. La etimología del término indica ‘igualdad’: ius es el derecho, lo recto, lo justo, ni más ni menos[17]. Éste es pues el objeto de la justicia, de modo que ella, como virtud, puede definirse: “firme (perpetua y constante) voluntad de dar a cada uno lo que corresponde”[18].
Según esta noción fundamental, pueden luego distinguirse los diversos tipos de justicia (partes subjetivas), según el tipo de relación entre las personas. Puede considerarse desde la comunidad al individuo: es la ‘JUSTICIA DISTRIBUTIVA’, según los méritos singulares de cada persona en el todo de la sociedad (lugar o dignidad que ocupa en la sociedad), sin faltar nunca a la dignidad mínima exigida para todos[19]. Puede considerarse además, lo justo o debido por los individuos a la comunidad, y es la ‘JUSTICIA LEGAL’, que ordena los actos de todas las virtudes al bien común[20]. Puede finalmente considerarse la relación de los individuos de una comunidad entre sí, y es entonces la ‘JUSTICIA CONMUTATIVA’, cuyo acto es la restitución (de algo prestado o robado)[21].
Digamos ahora algo acerca del acto mismo de justicia: ¿cuáles son sus partes integrales?; dicho de otro modo: ¿Cómo se construye psicológicamente y se sostiene el acto de justicia?. A esto diremos: ‘hacer lo debido y evitar lo indebido’, a lo que se oponen ‘la transgresión’ (que hace lo indebido) y ‘la omisión’ (que no hace lo debido)[22], respectivamente.
Diversos son los modos de faltar a la justicia (vicios opuestos[23]): la ‘acepción de personas’ (otorgar un cargo o dignidad social a alguien no por su virtud sino por causa de la amistad), por la que se destruye principalmente la justicia distributiva; el homicidio, la tortura, el injusto encarcelamiento, el robo (hurto), la rapiña (asalto con violencia), el falso testimonio, el injusto dictamen de un juez... por los que se destruye principalmente la justicia conmutativa; las injurias (o afrentas o contumelias) con las que se deshonra a alguien frontalmente ante otros; la detracción (cuando se denigra la fama del otro en privado), la calumnia (que achaca crímenes o pecados a otro injustamente y en público[24]); la susurración (o chisme, o murmuración) que no sólo difama sino que quiere llegar a romper alguna amistad; la burla (derisión) (busca ruborizar al otro con palabras, inquietando su conciencia); la maldición, por la que se desea que llegue el mal a otro; y finalmente las injusticias en las compraventas: el fraude, que es en este caso comprar en menor valor que lo justo o vender en mayor valor; la usura, que se verifica en los préstamos por interés.
Alrededor de la justicia florecen otras virtudes que se le añaden por la sinergia propia de las virtudes del alma (partes potenciales). Se trata siempre de virtudes que de algún modo se refieren al otro, conforme a lo esencial de la justicia, pero que no alcanzan a tener la perfecta igualdad que reclama la virtud de la justicia (no tratan exactamente de ‘lo justo’). Veamos:
La RELIGIÓN, (de re-ligar) que es la virtud de dar a Dios el culto u honor debido. Se expresa exhibiendo a Dios la debida servidumbre, el reconocimiento de que es el primer principio de la creación y supremo gobernador del universo. No es una virtud teologal porque su objeto directo no es Dios sino las cosas que se ofrecen a Dios como fin. Esta virtud es propia de una vida santa (pura)[25] y se expresa exteriormente en la humillación del propio cuerpo, los sacrificios, las ofrendas (oblaciones) y primicias que se ofrecen a Dios, los diezmos para sostener el culto, los votos y juramentos y los cánticos de alabanza a Dios[26]. El culto perfecto se ofrece sólo en la Eucaristía, conmemoración de la última cena del Señor, que consagra el pan y el vino para que sean realmente cuerpo y sangre de Cristo para ofrecerlo al Padre (misterio de la transubstanciación). Este es el sacrificio perfecto ofrecido a Dios por el hombre, el culto perfecto para la perfecta religión.
Luego la religión tiene otros actos importantes, como la devoción que es un acto por el que la voluntad humana acude con prontitud al culto divino. Este acto se nutre de la meditación y la contemplación, y engendra alegría verdadera en el alma[27].
La oración es otra acción especial de la religión. Por ella el hombre le habla algo a Dios, conforme al mandato del Señor, de orar siempre (Cf. Lc 18, 1). La oración es indispensable para que se cumplan los santos designios de Dios, que ha previsto desde la eternidad, que muchos efectos de salvación se produzcan por medio de la oración de sus fieles. La oración sube como incienso a la presencia de Dios (Cf. Sal 140, 2) y colabora enormemente a la comunión de los santos. La oración no es sólo una acción del hombre, es también el Espíritu Santo quien reza en nosotros, porque nosotros “no sabemos pedir como conviene” (Cf. Rm 8, 26). Jesús indicó el modo propio de la oración a sus discípulos en el sermón de la montaña: será ‘en lo secreto’, es decir, en la interioridad de la persona, que se abre por el silencio y la percepción de la presencia de Dios en el alma.
Los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñe a orar y éste les dejó el ‘Padre Nuestro’, la oración por antonomasia de todo cristiano (Cf Mt 6, 7-13), que comienza con una exclamación al Padre y le añade siete peticiones fundamentales: Padre nuestro que estás en los cielos - santificado sea tu nombre (1) - venga a nosotros tu reino (2) - hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (3) - danos hoy nuestro pan de cada día (4) - perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (5) no nos dejes caer en la tentación (6) - líbranos del mal (7).
Jesús mismo solía retirarse muy a menudo a orar a un lugar solitario[28]. Según los Evangelios la Virgen María meditaba en su corazón todas las maravillas que iban aconteciendo en la vida de Cristo en este mundo (Cf Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). En la oración se reciben consuelos para los dolores de esta vida, las verdaderas alegrías de estar en las cosas del Espíritu, en el Reino de los cielos, despojados del atractivo de las cosas del mundo. Por ello es importante prestar la mejor atención posible en la oración. Por la oración el alma invoca a Dios, y le eleva sus plegarias o súplicas, acudiendo a su inmenso amor y misericordia; dando gracias por los beneficios recibidos.
En la oración se ejercitan intensamente las virtudes teologales: ‘creo, Señor, pero aumenta mi fe’, ‘Señor, espero la Vida Eterna, y tu auxilio constante para alcanzarla; te amo sobre todas las cosas, enséñame a amarte con todo mi corazón, con toda mi alma con todas mis fuerzas y a amar al prójimo como a mí mismo[29].
Pasemos finalmente revista a algunos vicios que se oponen a la virtud de religión: superstición, que es cierta religiosidad superflua (incluye los superfluos añadidos a la Liturgia, que no contribuyen a elevar el alma a Dios); la idolatría, que es la adoración a los ídolos; la adivinación; el acto de tentar a Dios, que es ponerlo a prueba en su poder, lo que constituye de suyo una irreverencia; el perjurio (juramento con mentira); el sacrilegio (violación de alguna cosa sagrada apropiándoselas de algún modo o con un simple gesto de irreverencia); la simonía (compra-venta de las cosas espirituales)[30].
Bien, pues, todo esto debe considerarse acerca de la virtud de ‘religión’; pasemos ahora a otra virtud semejante: la PIEDAD, también virtud anexa a la justicia. Es el culto o reverencia debidos a los padres y a la Patria; la veneración, honra o respeto debido[31]. Se le añaden algunas virtudes que se le parecen: y que regulan la relación de un hombre con sus superiores: la OBSERVANCIA, que es el respeto (honor) debido a los superiores (incluye la obediencia) y a los virtuosos[32]; la OBEDIENCIA, que consiste en la prontitud para acatar una orden del superior; la FIDELIDAD a las promesas.
La VERACIDAD, es otra virtud anexa: por ella el hombre se inclina firmemente a decir lo verdadero y a mostrarse tal cual es. Es una virtud que completa la honestidad de la persona. Por honestidad, el hombre ‘debe’ a los demás de algún modo, el decirles la verdad, pero siempre se debe considerar la circunstancia, se debe proceder con moderación y con ajuste a lo que es seguro[33]. Lo contrario directo es la mentira, que es decir algo falso como verdadero, a sabiendas. La mentira tiene diversos grados: por hacer un broma, o por no hacerle mal a alguien o para procurar un bien; otras veces es por pura malicia; pero también la simulación o hipocresía, se opone a la veracidad, y consiste especialmente en simular una bondad que no se tiene, proviniendo generalmente de la vanidad. También se le opone la jactancia, que es una autoalabanza excesiva ante los demás; y finalmente la falsa modestia, cuando alguien quiere simular humildad mientras en realidad sólo busca su propia alabanza.[34].
Otra virtud potencial de la justicia es la AFABILIDAD, que también completa la honestidad o bondad personal. Es el orden en el trato de los demás hombres. A esta virtud se le oponen especialmente dos vicios (opuestos, a su vez, entre sí): uno, por exceso, la adulación, que alaba al otro con palabras deleitables con el fin de obtener alguna ganancia; el otro, por defecto, el litigio, que contradice al otro muy seguido (son los pendencieros o díscolos)[35].
Otra: la LIBERALIDAD, que es cierta largueza o generosidad al favorecer a otro con dinero o riquezas. Y aquí encontramos también dos extremos viciosos: por un lado la avaricia (o mezquindad), que es un pecado o vicio capital que consiste en retener la riqueza exageradamente por el encandilamiento del dinero que promete demasiado. Al avaro le duele ser generoso con su dinero, y a veces también le duele dar por justicia, lo que debe (causa incluso la inclinación al robo). La avaricia ocasiona endurecimiento de corazón frente al prójimo necesitado, causa mucha inquietud interior en el avaro, que termina por querer recibir riquezas sin límite, llega incluso a causar la violenta adquisición de riquezas, el fraude y la traición por la ganancia. Por otro lado, aparece el vicio del exceso: la prodigalidad, que gasta o da sin orden, poniendo así en peligro el bien del hombre, de su familia, etc[36].
Otra; la GRATITUD, que recompensa de algún modo el beneficio o favor recibido, con un gesto o palabra (la verdadera gratitud tiende incluso a recompensar más allá de lo estrictamente recibido, de lo contrario no se distingue casi de la justicia.
Otra: la VENGANZA, que mira a restablecer la justicia castigando el mal de culpa[37] (no debe entenderse como la consecuencia inmediata de la pasión de la ira, sino como el justo y ferviente deseo de reestablecer la justicia).
Otra: la EPIQUEIA (también llamada EQUIDAD), que sabe hacer excepciones a algunas reglas que versan sobre asuntos contingentes[38].

En cuanto a la relación de esta gran virtud de la Justicia con la ley divina, hay que notar que los diez mandamientos se refieren a ella, porque todos indican algo en relación al otro: los tres primeros respecto de Dios, el cuarto respecto de los padres, el resto respecto de los pares.
Para entrar al Reino de los cielos es necesario practicar la justicia[39]. Pero para ello no basta el esfuerzo humano, la naturaleza es insuficiente, por lo que el Espíritu Santo viene en nuestro auxilio y nos infunde el santo DON DE PIEDAD, por el que el afecto se dispone filialmente hacia Dios, conforme a aquello de San Pablo: “habéis recibido el Espíritu de adopción de hijos, por el cual clamamos Abba, Padre” (Rm 8, 15). Por este don nos orientamos a dar a Dios la acción del culto. A la justicia sobrepujada por el don de piedad, conviene en el alma la bienaventuranza de la mansedumbre (felices los mansos, porque heredarán la tierra), porque aparta los impedimentos de la piedad, haciendo que el alma se someta fácilmente a Dios[40]. Se alcanza así la mansedumbre espiritual que impide toda rebelión desordenada.


9.- EL DOMINIO DE LOS TEMORES Y LAS AUDACIAS: LA FORTALEZA

En numerosas ocasiones las pasiones del alma suelen inclinar el corazón humano hacia algo que lo aparta del bien. Así, por ejemplo, los enojos pueden generar distancias con seres queridos, peleas e injusticias; los deseos de placer pueden terminar en enfermedades psíquicas, quebrantos de matrimonios, impotencia para la vida espiritual de unión con Dios, y muchas cosas semejantes. Esto prueba que es necesario gobernar las pasiones, saber aprovecharlas para el bien, y controlarlas cuando nos inclinan hacia el mal.
Entre las virtudes que regulan las pasiones, la más importante es la FORTALEZA, que se refiere sobre todo a los peligros de muerte. Sostiene el alma cuando se necesita obrar el bien contra obstáculos que ponen en peligro la propia vida, cuando los peligros suponen cierta gravedad mayúscula[41].
La fortaleza controla los temores para que la voluntad no desfallezca, y modera las audacias, para que el ataque ante los obstáculos no se salga del orden de la razón. De esto podemos observar que en la fortaleza hay dos tipos de actos (partes integrales): resistencia y acometimiento[42]. Resistir es más difícil que atacar, y especialmente cuando se trata de peligros de muerte que aparecen repentinamente. Uno suele lanzarse más bien a la audacia de enfrentar los peligros, en lugar de resistir un tiempo adecuado el temor. Por esta razón es más loable la fortaleza en el acto de resistir en el bien a pesar de las amenazas, como se puede ver en el ejemplo paradigmático de los mártires, que sostenían la fe, la esperanza y el amor a Dios sobre todas las cosas[43].
Cuando el hombre no cultiva la valentía, desarrolla vicios que se le oponen. Entre estos, en primer lugar, aquellos que afectan a la rectificación del temor: la cobardía, que deja progresar el temor hasta el punto de quedar el alma prisionera de él, abandonando la búsqueda del bien; la impavidez o falta del justo temor, es decir, que no se teme perder lo que debería temerse que se pierda, lo cual sucede por una falta de amor al verdadero bien, o por presunción del ánimo soberbio que no considera que uno pueda ser derrotado, o, a veces, por simple idiotez[44]. Por otro lado, hallamos el vicio que descontrola el uso de la audacia: la temeridad[45], por la cual el hombre es llevado a enfrentar las fuerzas enemigas sin el orden de la razón, exponiendo así el bien a mayores peligros aún.
Por tener una materia muy especial, la fortaleza no tiene ‘tipos’, pero sí virtudes adjuntas, las cuales operan estrechamente junto a la fortaleza en la perfección del hombre:
En cuanto a la resistencia se desarrolla la PACIENCIA, que sostiene el ánimo en la tristeza, y la PERSEVERANCIA, que sostiene el ánimo en el bien durante mucho tiempo, tiene como propio obstáculo la larga duración. La paciencia y la perseverancia necesitan completarse con el auxilio permanente de la gracia de Dios, de lo contrario, el hombre desfallece. Hay también un vicio opuesto a la fortaleza por defecto: la molicie (blandura del alma) que inclina a apartarse del bien ante la falta de deleites momentáneos. A la molicie se le opone por exceso la pertinacia, que insiste en alguna acción pero sin el orden de la razón, más allá de la propia visión de futuro, porque no se acepta tener menos inteligencia o fuerza que la que se supone[46].
En cuanto a la capacidad de ataque sobresale la MAGNANIMIDAD, que es la virtud que busca grandes obras y grandes honores (por lo honesto)[47]. A esta virtud suelen añadírsele estrechamente la LONGANIMIDAD o ánimo dispuesto a emprender algo cuyo logro aparece lejano o distante, y la CONSTANCIA, ánimo sostenido en el bien ante obstáculos externos.
Contrarios a la magnanimidad son los siguientes vicios: la presunción, o pretensión de lograr con las propias fuerzas algo que está más allá las mismas; la ambición, que también se opone a la magnanimidad por exceso, es el apetito desordenado del honor (ej: la ambición de poder); la vanagloria, que es el deseo desordenado de la propia alabanza (gloria, claridad, brillo personal, decoro), y que puede consistir en la búsqueda de la gloria con cosas pequeñas o perecederas, o buscándola en un grado que excede al hombre, o negando el orden de la propia gloria a la gloria de Dios. La vanagloria es un vicio capital, que tiende a la soberbia o proviene de ella, y causa muchos vicios: desobediencia, jactancia, hipocresía, contienda, pertinacia (no reconoce ser menos inteligente), discordia, presunción de novedades.
Aparece finalmente un vicio que contraría a la magnanimidad por defecto: la pusilanimidad, opuesta directamente a la presunción, y que es el vicio de la propia subestima, que lleva a no animarse a emprender el bien magno (tiene mucho parecido con la cobardía)[48].
En la dimensión del ataque se adjunta también la MAGNIFICENCIA, que dispone el alma para grandes gastos (en pro de grandes obras), y cuyo contrario principal es la mezquindad, que antepone la pequeñez de gasto a la realización del bien. Existe también un contrario a esta virtud ‘por exceso’, a saber, la consunción (‘despilfarro’) [49].
Todas las virtudes nacidas de la fortaleza o adjuntas a ella están en el cristiano sobrepujadas por la fortaleza infusa y por un DON especial del Espíritu Santo: el DON DE FORTALEZA, con el Santo Espíritu sostuvo a los mártires y sostiene a todos los cristianos con el fin de que se dispongan para una buena muerte. A esta virtud y a este don le corresponde la bienaventuranza del hambre y la sed de justicia, deseos que impulsan a los justos a enfrentar todos los peligros, a fin de alcanzar el bien de la vida eterna.
El Señor nos ha dejado un precepto en sus palabras, cuando dice: “no temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna” (Mt 10, 28); y de otra manera nos amonesta a hacernos violencia para entrar el Reino: “... el Reino de los cielos padece violencia, y sólo los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). También por boca del apóstol Santiago: “Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo, y él huirá de vosotros” (St 4, 7); A cerca de la magnanimidad y la magnificencia el Señor nos da consejos, “para ser perfectos”... pero manda en cambio tener paciencia y perseverar hasta el final, como manda por boca del apóstol Pablo combatir el combate de la Fe (Cf. I Tm 1, 18-19)[50].


10.- LA MODERACIÓN DE LOS DESEOS: LA TEMPLANZA

La templanza es llamada así porque templa los deseos de placer sensible en el alma, para que la intensidad de éstos no obnubile de tal modo la razón que incline al hombre a salirse del bien propiamente humano. Esta gran virtud realiza un justo medio entre dos vicios opuestos: la insensibilidad y la intemperancia.
El orden natural requiere que el hombre use de los deleites sensibles tanto como es necesario para la salud humana, ya sea para la conservación de la propia vida, ya para la conservación de la especie. Por ello se considera vicio la insensibilidad, en tanto que es un defecto de los deleites o placeres necesarios a la salud; pero en el orden natural también debe advertirse la necesidad de cierta medida en los deseos, pues de lo contrario se daña la salud y el bien general del hombre (en su faz individual y en sus relaciones con los demás), por lo que debe evitarse la intemperancia, que arrastra al hombre a un sinfín de placeres adventicios que lo apartan de la búsqueda del bien humano (degrada o bestializa)[51].
En la divina Revelación hay un precepto especial para la templanza: el sexto mandamiento del decálogo: no cometerás adulterio (Cf. Ex 20, 14). Cristo lo señaló de modo más agudo cuando dijo: “todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio en su corazón...” (Cf. Mt 5, 27-32).[52]
El acto de la templanza tiene dos momentos (partes integrales): la vergüenza o pudor, que evita la torpeza en los placeres, y la honestidad o amor a la armonía de la moderación.
El hombre templado adquiere cierta belleza o decoro espiritual, porque repele los placeres brutales. Por esta razón la persona templada tiene cierta belleza especial, que le viene de su paz interior, su pureza de corazón y su transparencia en la mirada.
Como especies de la templanza aparecen: La CASTIDAD[53] (moderación en el uso del sexo. El término viene de castigo, porque se castiga la concupiscencia para moderarla. Su opuesto es la fornicación), PUDICIA, cuyo acto es el pudor y consiste en la moderación en los deleites circundantes al objeto de la concupiscencia, como abrazos, besos.... y colabora con la templanza desde el orden de las circunstancias[54]. La VIRGINIDAD (como estilo de vida o estado) que como virtud consiste en la privación voluntaria del placer sexual para siempre[55].
Contra estas virtudes atenta sobre todo el vicio capital de la lujuria, que toma prisionero al hombre en los placeres sexuales, que son los más deleitables y por ello los de atracción más poderosa a causa de la necesidad natural de perpetuar la especie. Este vicio capital se genera a partir de diversas especies de actos: la simple fornicación (relaciones sexuales fuera del matrimonio), el adulterio (relaciones sexuales con el cónyuge de otro), incesto (relaciones sexuales con los consanguíneos, especialmente de padres con hijos), rapto o violación (relaciones sexuales por la violencia), y los vicios contra la naturaleza, que son la masturbación, la bestialidad, la sodomía u homosexualidad, la torpeza o brutalidad en los modos del acto sexual. Caer en la lujuria conlleva muchos males: embotamiento de la inteligencia, pérdida de la capacidad de consejo, y apresuramiento en las decisiones, pérdida del sentido del deber y del valor de los preceptos; inconstancia en la persecución de bienes verdaderos por el rechazo del sacrificio, huida de las cosas de Dios (asedia), excesivo amor a las cosas temporales y horror por el futuro[56].
Se añaden también como especies o partes subjetivas de la templanza las virtudes que regulan los deseos hacia las comidas y las bebidas: la ABSTINENCIA o moderación en la comida, cuyo acto principal es el ayuno[57]; la SOBRIEDAD o moderación en la bebida que embriaga (su contrario es la embriaguez)[58]. El uso de ciertas bebidas como el vino, es muy útil si se bebe con moderación, pero resulta muy perjudicial si se bebe en exceso.
El vicio capital que atenta contra estas últimas virtudes es la gula, concupiscencia desordenada en el comer, la cual puede revestir diversos modos: apresuramiento descontrolado del momento de la comida, o excediendo en la cantidad necesaria de comida para la salud, o exagerando la búsqueda de alimentos muy delicados, o muy preparados, o perdiendo los modos en el comer (voracidad)[59].
En cuanto a la moderación de las pasiones concupiscibles e irascibles, se unen a la templanza por cierta imitación, las siguientes virtudes adjuntas: la CONTINENCIA (frena los deseos vehementes), y su contrario es la incontinencia, sea de la ira o del deseo concupiscible[60]; la MENSEDUMBRE (atenúa en sí la pasión de la ira, y el decálogo la manda indirectamente cuando prohibe matar; Cf. Ex 20, 13); la CLEMENCIA[61] (mitiga la ira pero con el fin especial de atenuar la pena exterior del otro) cuyo vicio contrario es la crueldad[62] o atrocidad al castigar o imponer penas (se llega en algunos casos a la ferocidad o fiereza que es un acto de castigo inhumano, por el placer de atormentar, más allá de la culpa).
El vicio capital que atenta contra estas últimas virtudes es la ira[63], que se desata a veces como ímpetu súbito, o porque la persona recuerda mucho tiempo la ofensa que le hicieron. A veces el iracundo no se detiene en su ímpetu hasta castigar o matar. La ira como vicio del alma es la causa de las riñas, los castigos injustos, la subestima de la dignidad del otro, los vicios de hablar contra el otro, y puede llegar hasta la blasfemia y la contumelia (injuriar a Dios y al prójimo respectivamente). Debemos notar también que la falta total de ira se vuelve irracional (sería una paciencia irracional), es decir, un vicio por defecto, haciendo al hombre poco apto para ejercitar la justicia.
Se añade también como virtud adjunta la MODESTIA[64] que, como su nombre lo indica, es cierta moderación, pero se aplica especialmente a la búsqueda de la excelencia (humildad), la búsqueda del saber (estudiosidad), los movimientos y acciones del propio cuerpo (decencia, honestidad[65]), el vestido y los adornos (decoro)[66], el trato a los demás (austeridad), la procuración de cosas superfluas (parsimonia), la búsqueda de exquisiteces o delicadezas (sencillez), el juego (eutrapelia) [67].
La HUMILDAD[68] es una especie sobresaliente de modestia (modera la tendencia de la esperanza y la audacia en la conquista del bien, frenando el deseo excesivo de la propia excelencia, es decir, el deseo hacia lo que está por encima de la propia medida. Es también como un extremo virtuoso de la magnanimidad. El magnánimo debe también ser humilde para no caer en la presunción y para poder ser así, realista. Por eso, cuando veo en el otro alguna excelencia mayor que la mía, y especialmente cuando veo algo que es de Dios, debo someterme a él en eso, y así lo manda San Pablo (Cf. Filip 2, 3). También debo someterme cuando hallo algo malo en mí que puede ser curado por el otro. La humildad hace reconocer los propios defectos y límites, preferir a los otros en lo que nos superan, ser medidos en las palabras y en el tono de la voz, y evita especialmente la altivez de la mirada, cohibiendo la risa y la alegría locas.
La ESTUDIOSIDAD es la virtud de aplicar la mente a la comprensión de algo. A ella se opone la curiosidad, o búsqueda vana del saber, por ejemplo, usándolo para pecar, o buscando conocer lo superfluo, rechazando lo más importante, o conociendo por medios ilícitos (pactos diabólicos, por ejemplo, o por supersticiones), o cuando se busca conocer las cosas sin ordenarlas al conocimiento de Dios, o porque se pretende conocer más allá del propio ingenio, o conocer excesivamente el futuro[69].
El vicio capital que atenta contra toda modestia, pero de modo especial contra la humildad es la soberbia[70]. Esta raíz de pecados atenta directamente contra el Don de Temor; es la pretensión de elevarse a algo más de lo que uno es (por su propia fuerza o mérito). Es un vicio que atrae a muchos otros y se adueña del corazón humano por completo, por lo que se lo considera como raíz de todo pecado. La soberbia reside en el irascible porque apetece algo arduo: la propia excelencia. En los demonios se trata de una irascibilidad de la sola voluntad, pero en el hombre de la voluntad y el apetito sensitivo. Puede consistir en jactarse de una excelencia que no se posee realmente, o en atribuirse el mérito del bien indebidamente, o en pretender tener el bien en mayor grado que los demás, o en querer singularizarse tanto que se desprecie a los demás.
Lo más grave de la soberbia está en que ella aparta al hombre de la obediencia a Dios, por eso dice el apóstol Santiago que Dios resiste a los soberbios (Cf. St 4, 6). El pecado del primer hombre consistió en la soberbia, que lo llevó a la desobediencia, apeteciendo ‘ser como Dios’ en el conocimiento y en el poder, por las propias fuerzas, y no aguardando la participación de la bienaventuranza como don gratuito. Entonces el hombre quiso la ciencia del bien y del mal por sí mismo y el poder de ser feliz por sí mismo. El diablo, conocía el bien y el mal, pero pecó apeteciendo la felicidad y potestad total por sí mismo[71].


11.- PRINCIPIO DE LA VIDA TEOLOGAL: LA FE

Entramos aquí en el conjunto de las virtudes más sublimes a las que puede acceder el alma humana en esta vida: las virtudes ‘teologales’, llamadas así porque tienen a Dios como objeto directo de su acto. En primer lugar la fe en Dios, Padre-Hijo-Espíritu Santo… fe en la Encarnación del Hijo: Jesucristo….y todo lo que de esto se sigue.
Vista desde su objeto, la fe teologal es adhesión del entendimiento humano a Dios como verdad primera y absoluta[72]. Por el acto de esta fe no sólo se cree en Dios sino que se cree a Dios por medio de Jesucristo, porque “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12).
Es la primera virtud operativa de lo sobrenatural que se recibe para ingresar en la vida eterna: sin la fe es imposible agradar a Dios (Cf. Hb 11, 6). Por esta virtud se abre el alma a la Verdad de Dios, a su misterio y a su plan de salvación; ‘es la garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven’ (Hb 11, 1)[73].
Es un don de Dios, no una conquista humana. Cuando Simón Pedro declaró ante los demás que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios vivo, éste le respondió: “bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te viene de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 7).
Considerada en su estructura psicológica, la fe es “ un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia”[74].
La fe es ante todo un acto de obediencia a Dios, de sujeción (Cf. Rm 1, 5; 16, 26); es vivida con frecuencia en la oscuridad y puede ser puesta a prueba por el mundo, pero el cristiano debe entonces mirar a los testigos de la fe: “teniendo en torno nuestro tan grande nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hb 12, 1-2). “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe” (I Tm 1, 18-19).
Pero la fe no es sólo una aceptación en la oscuridad; es también iluminación: creer es “pensar con asentimiento”[75] decía San Agustín. Creo para comprender y comprendo para creer mejor, decía también San Agustín[76]. La fe inquieta el alma pero al mismo tiempo le revela a ésta una verdad sublime y la invita a ir tras ella: “fides quaerens intellectum” (“la fe busca inteligencia”), decía San Anselmo[77]. No se trata pues de un acto ‘ciego’ en el sentido de una negación total de la razón humana. Sí se trata de un ofrecimiento de la razón ante una verdad de la que no se tienen evidencias racionales, sino sólo un anuncio, una noticia. Produce en la mente del hombre un ‘sí’ a pesar de la ausencia de argumentos (por la fuerza de la gracia, que mueve al entendimiento a creer, mediante el influjo de la voluntad que lo acepta como algo muy bueno), pero la noticia misma es cierta claridad, por lo que el que está en la fe está también en la luz. La fe es un claro-oscuro. Si la consideramos en orden al fin último, que consiste en ver a Dios, tiene más de oscuridad, pero si la comparamos con las verdades a las que accede la sola razón humana, tiene una luz superabundante, porque la inteligencia humana nunca habría podido acceder a la verdad completa, como lo hace por la fe en Jesucristo ‘plenitud de la Revelación’.
Un efecto claro de la Fe teologal es el temor de Dios, el cual puede ser de dos tipos: temor servil o ‘temor al castigo’, y bajo este concepto teme a Dios el que toma conciencia del pecado propio (los demonios creen y tiemblan; Cf. St 2, 19). Por el temor filial, en cambio, se teme sólo la separación de Dios o el hecho de querer igualarse a Él (éste último se conoce también como temor reverencial). Otro efecto propio de la Fe es la purificación del corazón, y purifica especialmente de los errores[78].
Entre los dones del Espíritu Santo, el que perfecciona de modo especial a la fe es el don de entendimiento, luz que permite penetrar con la inteligencia en las verdades de la fe, para lo cual no alcanza la luz del entendimiento agente.
Corresponde a la Fe teologal la bienaventuranza de la limpieza del corazón, en tanto que por la fe y por el don de entendimiento se limpia el conocimiento humano. A esta bienaventuranza espera la visión de Dios, pues el que cree, tiende de suyo a ver a Dios. Y como frutos propios del creer teologal aparecen la fe más firme y clara y el gozo interior del alma humana, porque el cristiano desea afianzarse cada vez más en la fe, librar el buen combate y apartarse de las dudas, los errores, las flaquezas, de modo que la fe firme y clara provoca necesariamente gozo[79].
Pero, además del don de entendimiento, socorre a la fe el don de ciencia, que discierne o juzga con certeza lo creíble de lo no creíble entre las cosas humanas. Se trata de un don teórico-práctico que realiza especialmente la bienaventuranza del ‘llanto’ (bienaventurados los que lloran), porque la ciencia del Espíritu Santo es la que nos permite discernir los propios pecados (causa arrepentimiento religioso), haciéndonos juzgar rectamente el valor de las cosas creadas y especialmente las humanas, disponiéndonos al sacrificio[80].
Diversos son los vicios que se oponen a la Fe, desde la simple incredulidad, pasando por la contaminación de sus verdades (herejías), y terminando en la apostasía (renegar de la fe), o incluso la lucha contra la fe. Existen además otros vicios opuestos como la blasfemia o desprecio, subestima de Dios, como lo es especialmente la llamada ‘blasfemia contra el Espíritu Santo (Cf. Mt 12, 31ss) que consiste en despreciar los auxilios que el Espíritu da para salir del pecado o no querer reconocer lo que el Espíritu obra para la salvación del hombre. Esto último conduce a la impenitencia final de la vida, que es lo peor que puede acontecerle a un hombre[81]. Paralelamente, el don de ciencia y el de entendimiento se ven estorbados especialmente por la ceguera de la mente que consiste en un ‘no querer ver’ y todo esto se origina en los pecados que sumergen el alma en la carne (gula y lujuria)[82].
Respecto de la fe no hay preceptos en la revelación, porque esta virtud es preliminar a todos los preceptos de la vida; pero respecto de los dones de ciencia y entendimiento las Sagradas Escrituras nos mandan aceptarlos, conservarlos por la doctrina y la disciplina, la memoria y el ejercicio de la meditación de los artículos de la fe y la relación de estos misterios con las cosas del mundo (Cf. Dt 4, 9; 6, 6)[83].
Sin embargo, y a pesar de no existir precepto alguno sobre la fe, la Revelación exige un combate, especialmente para obtener la gracia de la perseverancia final. Es necesario cuidar este don, colaborando con los dones que la perfeccionan y huyendo de los ataques del mundo y de maligno, que siempre procuran que el hombre pierda la fe.
Es necesario aferrarse a los signos exteriores que motivan la fe: “los milagros de Cristo y de los santos ... las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad”[84]. Hay que mirar de continuo los grandes ejemplos de fe de los santos. Históricamente tenemos el primer gran ejemplo de fe en Abraham que creyó que se realizarían las cosas que Dios le prometió. San Pablo le llamó el padre de todos los creyentes (Cf. Rm 4, 11.18; Gn 15, 5; Hb 11). María creyó de modo aún más admirable, ante el mensaje del ángel, que le anunciaba la Encarnación del Hijo de Dios. Ella contestó: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), y por ello Isabel, su prima, le dijo: “¡feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45).
Para sostenernos en la fe tenemos la comunidad de la Iglesia que enseña y disipa dudas. Ella reza por la fe de todos y muestra signos del obrar de Dios.
La Fe se alimenta de la palabra de Dios recibida con docilidad, como una semilla que es recibida en tierra fértil y bien dispuesta (Cf. Mt 13, 4-9 y 18-23).
La Fe se ejercita en la oración, en el culto (se reza el ‘credo’); se profesa ante el mundo, dando testimonio, y de esta manera crece para hacer obras más grandes por el Reino de Dios (Cf. Mt 17, 14-14-21), porque Jesús aseguró: “todo lo que pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” (Mt 21, 21-22).
Pero sobre todo, la fe debe ser ordenada y perfeccionada desde la Caridad. La Fe cristiana no es puramente intelectiva, es decir, teorética, sino una fe que actúa por la Caridad. Sin el amor a Dios y al prójimo la fe no vale nada (Cf. I Co 13, 2). La Fe crece en la medida en que se ejerce la Caridad, porque esta es la madre de todas las virtudes.


12.- LA TENSIÓN DEL ALMA HACIA LA VIDA ETERNA: LA ESPERANZA

A la fe le sigue la esperanza teologal. La esperanza infundida por Dios en el alma tensiona la voluntad del hombre hacia la vida eterna y le hace esperar confiadamente el auxilio de Dios para llegar a ella. Éste es su objeto propio. Somos herederos “en esperanza de vida eterna” (Tt 3, 6-7); “mantengamos firme la confesión de la esperanza pues fiel es el autor de la promesa” (Hb 10, 23). Podemos expresar teológicamente esto diciendo que la esperanza teologal tiene por objeto a Dios como causa eficiente y final de la bienaventuranza[85].
Esta virtud es sostenida y rectificada por el don de temor, con el cual el Espíritu Santo nos ayuda a huir del pecado considerando las penas y nos ayuda a rectificar nuestra relación de creatura con Dios, temiendo ofenderle y evitando especialmente la presunción. Cuando la vida espiritual es ya avanzada, va prevaleciendo la segunda especie de temor que es el filial, como dijimos al tratar de la fe. Pero nótese que aquí no se trata de un temor surgido desde la estructura psicológica del acto humano, sino de un temor infundido por el Espíritu[86]. Y de este modo el corazón se purifica de las esperanzas demasiado mundanas y así se protege del desaliento[87], se dilata el corazón y se sobrellevan mejor los dolores: “con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación” (Rm 12, 12), y perseverar hasta el fin (Cf. Mt 10, 22), así como Abraham esperó contra toda esperanza (Cf. Rm 4, 18), pues la esperanza no falla (Cf. Rm 5, 5).
Así pues, el cristiano se hace apto para vivir la primera bienaventuranza: ‘felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos’, porque quien teme al Señor, se humilla y desprecia las cosas temporales (Cf. Lc 6, 20 y Mt 5, 3). La pobreza evangélica despeja el camino para esperar lo que hay que esperar y no otra cosa.
Pero cuando la Esperanza mengua, aparecen sus opuestos. Por un lado el hombre está amenazado con caer en la desesperación, cuando comienza a juzgar que Dios no lo perdona ni lo salva. Esto provoca en el hombre un alejamiento de Dios, para entregarse a la vida disoluta en el mundo. La desesperación es la consecuencia inmediata de la asedia o pereza espiritual (cierto disgusto que se experimenta ante las cosas espirituales, tristeza que deprime el ánimo respecto de las cosas espirituales y proviene del apego excesivo a los bienes de la carne)[88].
Otro fuerte opuesto a la Esperanza, y que suele no tenerse en cuenta, es la presunción (vicio opuesto por exceso), cuando se confía demasiado en las propias fuerzas, o cuando se confía que Dios perdona aún sin hacer penitencia (el impenitente), o sin necesidad de hacer obras de caridad. Sin duda, el presuntuoso, a causa de la vanagloria, obstaculiza el debido ‘temor de Dios’, y por esto, no puede alcanzar la rectitud de la esperanza teologal (que siempre está medida por el don de Temor)[89].
La Esperanza no es algo mandado en la Revelación, sino más bien inducida mediante las promesas de Dios y por la revelación que Dios hace de las penas que corresponden al pecado. Sin embargo, los profetas y los sabios la consignaban a modo de precepto, como cuando el salmo manda esperar en el Señor (Sal 61, 9; Cf. Sal 4; Eccli 2, Os 12). De modo más explícito se manda, en cambio, temer a Dios (Cf. Dt 10, 12), con lo cual se reasegura espiritualmente el sostén principal de la esperanza recta, para que ésta pueda desplegar sus alas de alegría verdadera[90]. Finalmente, es sumamente importante alimentar la esperanza con sacrificios, para controlar nuestros apetitos de las cosas del mundo, porque el alma que se encierra en estas cosas suele estar camino a desesperar de las cosas espirituales.


13.- LA VIDA TEOLOGAL PERFECTA: LA CARIDAD

La Caridad es presentada por Santo Tomás, ante todo, como una ‘amistad con Dios’ por aquellas palabras del Señor: “ya no os llamo siervos ... a vosotros os he llamado amigos” (Jn 15, 15). Los hombres estamos llamados a ser amigos de Dios en la compañía de Jesucristo (Cf. I Co 1, 9)[91].
La es el ‘amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo’[92]. Es el amor de benevolencia perfecto. En efecto, en el amor hay grados: primero, en lo más bajo, está el amor pasional que busca las cosas que sacian el apetito sensitivo. Por éste todavía el sujeto busca una cosa para unirla a sí mismo, en función de sí mismo. Después está el amor de benevolencia, que funda la amistad[93], y trata al amado como ‘otro yo’, queriendo para él el bien que se quiere para uno mismo. La caridad es amor de benevolencia perfecto porque ya no se ama por un simple amor humano, sino por el don de Dios. Se ama en cierto modo como ama Dios, de modo sobrenatural: “lo que debemos amar en el prójimo es que él esté en Dios”[94]. La caridad es una participación del amor propio de Dios; del Padre y del Hijo que se aman en el Espíritu Santo[95].
El amor a Dios se proyecta en el amor al prójimo y de ese modo se cumple el ‘mandamiento nuevo’ (Cf. Jn 13, 34) que Jesús enseñó amando a los suyos hasta el fin (Cf. Jn 13, 1), muriendo por nosotros cuando éramos todavía enemigos de Dios (Rm 5, 10); manifestando así el Amor del Padre (Cf. Jn 15, 9): “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).
El apóstol Juan amonesta a los cristianos: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (I Jn 3, 7-11; v. I Jn 4, 21).
El amor de caridad llega hasta los enemigos[96] (Cf. Mt 5, 44); pero de modo permanente hay que amar al prójimo (Cf. Lc 10, 27-37), y de modo especial a la propia familia[97], a los niños (Cf. Mc 9, 37) y a los pobres (Cf. Mt 25, 40.45), a los enfermos, a los débiles.
De las tres virtudes teologales, la Caridad es la más perfecta, la más excelente (Cf. I Co 13, 13), la que más asimila el alma a Dios, porque es la que más se aproxima a Dios. La Caridad ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Cf. Rm 5, 5), que es el amor del Padre y del Hijo. Si bien podemos decir que las tres virtudes teologales ‘tocan’ de algún modo a Dios, sólo la Caridad lo hace en reposo final. La fe y la esperanza llegan a Dios para que de él venga alguna cosa, como la verdad o el auxilio. De la caridad, en cambio, no se sigue más que la unión íntima con Dios por el acto mismo del amor[98]. Mientras que el entendimiento es llevado por la fe a través de un claroscuro y desaparece al llegar la visión beatífica, la Caridad permanece para siempre, porque ella es ya reposo en Dios por el amor. Por esta razón los místicos, habiendo llegado hasta cierto punto con el entendimiento, luego sólo progresan en la experiencia del amor divino. Ya no podían ver, pero podían seguir amando tanto cuanto Dios les prodigaba, porque “el amor de Cristo excede a todo entendimiento” (Ef 3, 19), y está abierto a la infinitud en su progreso. Les acontece a todos los santos, cuando han superado la lucha contra el pecado y comienzan a progresar simplemente en el amor, deseando tan sólo estar con Cristo[99].
Pero además de ser las más excelente de las virtudes teologales, por el hecho de ser la virtud que fija la voluntad en el fin último, la caridad se hace forma o madre de todas las demás virtudes que puedan existir en el alma humana. Endereza todas las acciones humanas y termina de dar forma y sentido a las demás virtudes (así, por ejemplo, un acto de fortaleza realizado además por Caridad, esto es, amor a Dios, o el acto de dar limosna, o el de hacer justicia, etc... todos los actos de las virtudes que hemos visto, pueden estar perfeccionados por el influjo del acto de Caridad). Por eso, por ejemplo, dice el apóstol Pablo que es necesario que la ‘fe’ obre por la ‘caridad’ (Cf. Gal 5, 6); y también vale la afirmación de lo contrario: “aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad nada me aprovecha” (I Co 13, 3)[100], porque la Caridad es el único principio del mérito delante de Dios. Al final, todos seremos juzgados según el amor.
Por ello al hombre que vive del ejercicio de la Caridad le sobrevienen efectos, como el gran gozo de la unión con Dios, como dice el explícitamente el Señor, una vez que ha enseñado que Él es la vid verdadera, y debemos permanecerle unidos por el amor “para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15, 11)[101].
Otro efecto eminente de esta virtud es la paz, entendida como armonía interior del hombre, la quietud ordenada de los apetitos, la tranquilidad en el orden[102]. Incluso los apetitos sensitivos son llevados por la caridad hacia Dios[103]. Y si bien es verdad que la justicia causa la paz, lo hace sólo indirectamente, en tanto que remueve los estorbos, mientras que la caridad la produce directamente[104].
Otro efecto: la misericordia, que en sí misma es cierta pasión, pero cuando brota de la caridad y está regulada por la razón se convierte en virtud. La misericordia está mandada por Cristo, cuando dice “sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36; Cf. Os 6 y Mt 12, 7; Rm 12, 15)[105].
Entre los actos o efectos exteriores de la caridad está el hacer el bien a otros (beneficencia) y el dar limosna o socorro (acto de la caridad por medio de la misericordia). Hay diversos modos de dar limosna: a veces se socorre materialmente, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, o alojando al peregrino, o visitando al enfermo, redimiendo al cautivo o enterrando a los muertos. Otras veces se atiende a la indigencia espiritual del prójimo por la enseñanza, el consejo, el consuelo de las tristezas, la corrección de errores, el perdón de las injurias, orando por los demás, teniéndoles paciencia. Dar lo que a uno le sobra está firmemente mandado en la Revelación, pero en ciertas circunstancias hay que dar incluso lo que no nos sobra, cuando el prójimo está en extrema necesidad y yo puedo disponer de mis bienes para socorrerlo[106].
Uno de los más arduos pero eficacísimos actos exteriores de caridad es la corrección fraterna (corregir al que ha pecado). ¿Cómo hacerlo sin faltar a la caridad?; ¿Cómo hacerlo para que el acto se transforme incluso en crecimiento de la caridad?. Lo primero que se debe considerar es que se trata de un remedio para el pecador y para sus víctimas. Por esta acción se llega incluso a corregir a los superiores, aunque, en este caso, no debe perderse la debida observancia. Jesús nos da las indicaciones: es necesario primero estar limpios o en vía de limpieza por la penitencia para no señalar la paja del ojo ajeno sin mirar la viga que hay en el propio (Cf. Mt 7, 3); además, dice el Señor, “... repréndele a solas, tú con él. Si te escucha habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano” (Mt 18, 15). Hay que corregir primero en el mayor secreto posible[107] y sin soberbia; luego, si no resulta una solución, se buscan testigos, y finalmente, si el empecinamiento continúa en el pecador, hay que denunciarlo públicamente. Pero siempre hay que estar dispuestos a detener la corrección si se percibe que ello acrecienta los males[108].
A la caridad se opone principalmente el odio a Dios y al prójimo. A Dios puede odiársele cuando se lo considera como un juez duro que se opone a la voluntad del hombre (Cf. Sal 73, 23; Jn 15, 24). Al prójimo puede odiársele porque no se termina de perdonarle la injuria, o porque se le tiene envidia. Siempre el odio al prójimo causa tinieblas en el alma (Cf. I Jn 2, 9)[109].
La asedia o disgusto por las cosas sagradas, se opone al gozo propio de la Caridad, y provoca en el hombre lentitud para iniciar las buenas obras que se ordenan a Dios, es cierta ‘tristeza mundana’. Es un vicio capital que más bien ‘indica’ falta de caridad y provoca en el alma otros males como el rencor, la pusilanimidad, la desesperación, los malos pensamientos, la malicia. Es necesario huir de ella, buscando la alegría del trato con las cosas de Dios, y santificando la tristeza con la penitencia y el sacrificio, para que sea una tristeza según Dios y no según el mundo (Cf. II Co 7, 10)[110].
Otro vicio capital que se opone fuertemente a la caridad es la envidia, que es una tristeza de los bienes ajenos como considerándolos una desventaja para uno mismo. Como la asedia es tristeza del bien divino, la envidia lo es del bien del prójimo, y trae muchas malas consecuencias: odio, murmuración, detracción, ‘alegría’ por la adversidad del otro, angustia por los éxitos del otro. La envidia proviene en su raíz de la vanagloria, la cual hunde sus raíces en la soberbia[111].
También la discordia es hija de la vanagloria y de la soberbia. La discordia atenta directamente contra la paz y consiste en la oposición al otro en el corazón (contrario a la con-cordia). A esto le sigue naturalmente la contienda de las palabras (que falta a la verdad o pierde los modales) (Cf. II Tim 2, 14; Gal 5, 21), y la violencia en las obras (riña, guerras, sedición, cismas, escándalos).
El cisma es la división que alguno provoca en la Iglesia, y que generalmente termina también en herejía (Cf. Coloss 22, 18-19).
La guerra no siempre es pecado, porque puede realizarse para defender una causa justa (legítima defensa), pero debe siempre estar tensionada hacia la paz. Esto no se opone al mandato del Señor de poner la otra mejilla, lo cual no se aplica cuando peligra el bien común (de la nación o de la familia). Cuando la guerra persigue una causa justa pero deriva en el deseo de daño o la crueldad, la ferocidad y la pasión de dominio, queda ipso facto viciada. La riña, que nace de la ira, puede por el mismo motivo tener causa justa y viciarse.
La sedición (Cf. II Co 12) es la provocación para la pelea de grupos.
El Escándalo es un dicho o acción incorrecta que da ocasión para la ruina espiritual de otros. El Señor lo condena especialmente: “al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos...ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!” (Mt 18, 6-7) [112].
La caridad es mandada como el precepto más importante. Precisamente, el pecado se constituye en mortal (pérdida de la vida sobrenatural del alma) cuando atenta contra la Caridad, que es el principio de todo mérito ante Dios, la virtud que liga inmediatamente al fin último[113]. A propósito, los evangelios cuentan que, estando Jesús ya en Jerusalén antes de su pasión, fueron unos Fariseos a increparlo y ponerle a prueba, diciéndole: “¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’. Él les dijo: ‘amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la Ley y los Profetas” (Mt 22, 34-40; Cf. Mc 12, 28-31; Lc 10, 25-28; Jn 13, 34-35; Dt 6, 5; 10, 12; Lv 19, 18; I Tim 1, 5). Se trata de que Dios sea lo primero para la inteligencia, para la voluntad, para los apetitos inferiores y para las obras del hombre. Que Dios sea todo en todas las cosas de la vida y ello se proyecte en el prójimo, es el orden querido por Dios (Cf. I Co 15, 28)[114].
El don del Espíritu Santo que se une estrechamente a la Caridad es la sabiduría. Por este don de luz, el alma humana se hace apta para juzgar de las cosas divinas por cierta connaturalidad, como cierta consecuencia de la íntima unión con Dios por el amor. A esta unión que se da por la caridad, subsigue el influjo del Espíritu Santo que arrebata el alma cuando quiere y le hace gustar, saborear las cosas de Dios para la vida del hombre se ordene perfectamente a la bienaventuranza. Este don se da para el bien propio o para el bien de los demás (Cf. I Co 12, 8) y la bienaventuranza propia es la de la paz: “bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). En efecto, es propio del sabio juzgar y ordenar según las altísimas causas; siendo la paz el efecto del orden interior del hombre, la sabiduría produce eminentemente la paz, por la fuerza de la caridad. Los pacíficos son llamados hijos de Dios porque Dios es la Sabiduría Trascendente, suprema expresión de la paz[115].
A la sabiduría se opone principalmente la necedad o estupidez, que no es una simple nesciencia (no-conocimiento), ni un tipo de idiotez (enfermedad mental). El necio es responsable de lo que no sabe porque es terco para aprender las cosas importantes para la vida. Este vicio proviene de que el hombre esté mucho en los placeres de la carne. Por eso la necedad es hija de la lujuria, aunque también, en menor grado, de la ira (Cf. I Co 3, 18-20)[116].
La Caridad es el centro de la vida teologal, por ello San Pablo nos dejó un Himno a la Caridad inspirado por el Espíritu Santo: ‘Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial, la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa[117], no se engríe; es decorosa; no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño hablaba como niño, pensaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten estas tres: la fe, la esperanza y la caridad. Pero la mayor de todas ellas es la caridad (I Co 13, 1-13).
[1] En SANTO TOMÁS Suma Teológica I-II, q. 57, a. 2, se halla la distinción entre los hábitos especulativos.
[2] Son verdades evidentes quoad nos omnes, es decir, para todos nosotros, los hombres. La evidencia de la verdad depende objetivamente de la cosa verdadera: en cuanto es más acto de ser, es más luminosa la verdad, pero sucede que hay verdades que aunque sean evidentes en sí mismas, no lo son para todos los hombres, sino sólo para los sabios, e incluso hay verdades que no son evidentes para ningún hombre, porque su inteligibilidad supera el poder del intelecto agente, como sucede con las verdades misteriosas de Dios, como lo es el misterio de la Santísima Trinidad.
[3] SANTO TOMÁS. Cuestiones disputadas sobre el poder de Dios q. 9, a.7, ad.5.
[4] SANTO TOMÁS. Suma Teológica I-II, q. 94, a. 2, in c.
[5] V. Idem I, q. 79, a. 12, c.; Cf. FÓSBERY, A. El hábito de los primeros principios. Op. Cit. pp. 60-64.
[6] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica I, 79, 8, c.; 12, c.; I-II, 91, 2 ad. 2; 100, 1, c.; II-II, 8, 1, ad. 2; 154, 11, c.
[7] En Filosofía se distingue además entre un objeto formal quod y un objeto formal quo: mientras el primero consiste en el aspecto que una ciencia considera en la cosa, el ‘quo’ es la luz por la cual ese objeto se mira. La distinción se hizo necesaria una vez que se vio que había distintas ciencias que consideraban la misma formalidad, aunque con luces de distinto origen y grado, como se compara, por ejemplo la Filosofía con la Teología al tratar los mismos temas (Dios, el hombre, el mundo...).
[8] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica I-II, q. 57, a. 2, in c.
[9] Cf. Idem I, q. 85, a. 1, ad 2.
[10] Cf. Idem I, q. 79, a. 11, s.c.
[11] Cf. Idem I-II, q. 57, aa. 3-4.
[12] Santo Tomás distingue entre partes integrales, que son los actos que como conjunto integran el ‘acto de la prudencia, cuya principalidad corresponde al imperio; las partes potenciales o virtudes adjuntas a la prudencia; y partes subjetivas o tipos de prudencia (prudencia individual, o prudencia militar, económica o familiar, reinativa, política). Cf. Idem II-II, qq. 48-51.
[13] Cf. Idem q. 55
[14] Cf. Idem q. 56.
[15] Cf. Idem q. 52.
[16] ARISTÓTELES. Ética a Nicómaco, L. V, c. 1.
[17] SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 57, a. 1.
[18] Idem q. 58, a. 1.
[19] Cf. Idem q. 61, a. 1, ad 2.
[20] Idem q. 58, a. 5.
[21] Idem q. 62, a. 1.
[22] Cf. Idem q. 79.
[23] Cf. Idem qq. 63-78.
[24] Cf. Idem q. 74, ad 2.
[25] Cf. Idem q. 81.
[26] Cf. Idem qq. 84-91.
[27] Cf. Idem q. 82.
[28] Oraciones de Jesús: Mc 1, 35; 6, 46; 5, 16; Lc 3, 21; 9, 28; 22, 41-44; 6, 12; 9, 18-20; 10, 21-23; 22, 32; Mt 11, 25-27; Jn 11, 41-42; Jn 17; y muchos otros pasajes.
[29] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 83.
[30] Cf. Idem qq. 92-100.
[31] Cf. Idem q. 101.
[32] A los cuales se tributa culto de ‘Dulía’, que significa servidumbre, sumisión y honra al superior. Para distinguir esta virtud de la que lleva a dar culto a Dios (religión) se dice esto último culto de ‘latría’. Cf. Idem q. 103.
[33] Cf. Idem q. 109, a. 4.
[34] Cf. Idem qq. 109-112.
[35] Cf. Idem qq. 114-116.
[36] Cf. Idem qq. 117-119.
[37] Cf. Idem q. 80, la distinción en general, y el tratamiento particular de estas virtudes en qq. 81-120.
[38] Cf. Idem q. 120.
[39] Cf. Idem q. 122.
[40] Cf. Idem q. 121.
[41] Cierto es que vulgarmente con el término fortaleza se designa en general toda fuerza interior para no desfallecer ante los obstáculos; pero aquí se toma de modo particular, como virtud del alma ante los peligros graves. El término VALENTÍA, puede ser tomado como sinónimo, haciendo la salvedad de que suele significar más el aspecto del ataque audaz a lo enemigo, mientras que Fortaleza subraya más la firmeza para no desfallecer. Cf. Idem q. 123.
[42] Cf. Idem q. 128.
[43] Cf. Idem q. 124.
[44] Cf. Idem p. 126.
[45] Cf. Idem qq. 125-126, sobre la cobardía y la temeridad respectivamente.
[46] Cf. Idem qq. 136-138.
[47] Cf. Idem q. 129.
[48] Cf. Idem qq. 130-133.
[49] Cf. Idem qq. 134-135.
[50] Cf. Idem q. 140.
[51] Cf. Idem q. 142.
[52] Cf. Idem q. 170, sobre los preceptos de la templanza.
[53] Cf. Idem q. 151.
[54] Cf. Idem.
[55] Cf. Idem q. 152.
[56] Cf. Idem q. 153-154.
[57] Cf. Idem q. 147, aa. 1-2.
[58] Cf. Idem qq. 149-150.
[59] Cf. Idem q. 148.
[60] Cf. Idem qq. 155-156.
[61] Cf. Idem q. 157.
[62] Cf. Idem q. 159.
[63] Cf. Idem q. 158.
[64] Cf. Idem q. 160.
[65] Cf. Idem q. 168, a. 1.
[66] El vestido y el adorno expresan en cierta medida la interioridad de la persona, y afecta la relación con los demás. Por ello deben moderarse, para evitar la excesiva pompa, tanto como el descuido excesivo (molicie). A veces alguien descuida el arreglo exterior por jactancia ante los demás o desprecio del otro. El justo equilibrio está en la sencillez. Cf. Idem q. 169.
[67] La virtud de la eutrapelia consiste en saber jugar para que el juego no se salga del orden de la razón. El juego es en sí mismo bueno para el alma, como cierto descanso, pero hay que aprender a ponerlo en su momento y duración adecuados, sin que los chistes agravien a las personas, u otros desvíos. Cf. Idem q. 168, a. 2.
[68] Cf. Idem q. 161.
[69] Cf. Idem qq. 166-167.
[70] Cf. Idem q. 162.
[71] Cf. Idem qq. 163-165.
[72] SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 1, a. 1.
[73] La fe es necesaria aún para verdades que la razón podría descubrir, pues muy pocos hombres están en condiciones de hacerlo de esta última manera: Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica I, 2; y Suma Contra Gentiles L. I, c. 4.
[74] SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 1, a. 4; Cf. Idem q. 2, a. 9.
[75] San Agustín. De la predicación de los santos, c. 2.
[76] Cf. SAN AGUSTÍN, Sermón 43, 7, 9.
[77] Cf. SAN ANSELMO, proemio del Proslogion.
[78] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 7.
[79] Cf. Idem q. 8.
[80] Cf. Idem q. 9.
[81] Sobre los vicios contra la fe ver Idem, qq. 10-14. En la q. 14, a. 2 se enumeran pecados contra el Espíritu Santo: la desesperación, la presunción (no temer a Dios o subestimar su castigo), la envidia por la gracia de otro, el combate contra la fe para pecar más libremente, la impenitencia (no querer el arrepentimiento), la obstinación en el pecado.
[82] Cf. Idem q. 15.
[83] Cf. Idem q. 16.
[84] Catecismo n. 156.
[85] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica q. 17, a. 5.
[86] Cf. Idem q. 19.
[87] La esperanza teologal nos libra de la ‘desesperación’, pero no es un acto de ‘presunción’, sino que se ejercita con humildad, penitencia y temor de Dios (Cf. Idem q. 21, a. 4).
[88] Cf. Idem q. 20.
[89] Cf. Idem q. 21.
[90] Cf. Idem q. 22.
[91] Cf. Idem q. 23.
[92] Cf. Catecismo n. 1822.
[93] SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 26, a. 4. v. amistad en II-II, q. 25, a. 4.
[94] Idem q. 25, a. 1.
[95] Cf. Idem II-II, q. 24, a. 2.
[96] Con un amor general, pero estando dispuestos para amarlos en particular si fuera necesario. Para la perfecta caridad se requieren de gestos ostensibles de amor particular. Cf. Idem q. 25.
[97] Cf. Idem q. 26, a. 8.
[98] Cf. Idem q. 23, a. 6.
[99] Cf. Idem q. 24.
[100] Cf. Idem q. 23, aa. 7-8.
[101] Cf. Idem q. 28.
[102] Cf. SAN AGUSTÍN. La ciudad de Dios. L. 19, c. 13.
[103] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 29.
[104] Cf. Idem q. 29, a. 3, ad 3.
[105] Cf. Idem q. 30.
[106] Cf. Idem qq. 31-32. A veces hay que dar de lo necesario, especialmente a los seres más cercanos, como afirma San Pablo: “si alguno no tiene cuidado de los suyos, especialmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel” (I Tm 5, 8). Esto debe realizarse sin faltar lo debido al Bien común (Cf. aa. 6 y 9). En la santidad perfecta, el cristiano lo entrega todo, para seguir el consejo del Señor (Cf. Mt 19, 21).
[107] A no ser que el delito vaya tan lejos que requiera la intervención rápida de la justicia, claro.
[108] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica II-II, q. 33.
[109] Cf. Idem q. 34.
[110] Cf. Idem q. 35.
[111] Cf. Idem q. 36.
[112] Cf. Idem q. 37.
[113] Cf. Idem q. 24, aa. 10-11.
[114] Cf. Idem q. 44.
[115] Cf. Idem q. 45.
[116] Cf. Idem q. 46.
[117] Al dar limosna, “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha” (Mt 6, 3)...“A todo el que te pida da.... (Mt 5, 42)”.