martes, 24 de febrero de 2009

FILOSOFÍA, TEOLOGÍA Y PENSAMIENTO CRISTIANO. Prof. Medina

FILOSOFÍA Y TEOLOGÍA


1.- DEFINICIÓN DE LA FILOSOFÍA

La voz ‘Filosofía’ parece tener origen en algunas palabras de Pitágoras: ante algunos hombres que le llamaban ‘sabio’, replicaba que él sólo podía ser llamado amigo o buscador de la sabiduría, pues sabio es sólo Dios. El vocablo se compone de ‘philía tees sophía’ que significa, precisamente, amistad con la sabiduría[1]. Ahora bien, como se reserva el nombre de sabiduría al conocimiento de las últimas causas, en la medida en que alguien conoce las últimas causas de algo o de todo, puede también llamarse sabio, salvando siempre las distancias con Dios.
Podemos pasar a definir la naturaleza de la Filosofía: es el ‘saber de las últimas causas de todas las cosas, por la sola luz natural de la razón humana’. En primer lugar, la definición distingue la Filosofía de las demás ciencias que el hombre alcanza con su sola razón. Mientras que éstas sólo se ocupan de causas segundas o secundarias, la Filosofía busca y alcanza las causas primeras. Demos un ejemplo: el estudio y conocimiento científico de la digestión del animal no constituye un tratado filosófico, mientras que sí lo hace el estudio de las causas primeras de la vida animal, sus principios y su naturaleza.
En cuanto al objeto material o ‘campo de mirada’ de la Filosofía, podemos decir que se extiende a la totalidad de lo real: se puede filosofar, por ejemplo, a partir de la experiencia intensa del amor, o desde la contemplación de una obra de arte, un paisaje, o desde una experiencia religiosa, un hallazgo científico, un acontecimiento político, una realidad social, histórica... Ahora bien, sólo se tratará de una consideración filosófica en la medida en que se busquen las causas últimas, como cuando nos preguntamos qué cosa es el hombre, o qué sentido tiene su vida, o cuál es el puesto del hombre en el universo. He aquí delimitado el objeto formal del saber filosófico.
La última parte de la definición, a saber, ‘a la sola luz natural de la razón del hombre’, distingue el saber en cuestión de la Teología Sagrada. En efecto, esta última procede a partir de los principios o verdades fundamentales reveladas (Sagrada Biblia y Tradición de la Iglesia), acerca de la vida íntima de Dios y sus designios sobre la creación y la historia. Sin embrago, no son pocas las verdades reveladas que también pueden caer bajo la luz de la Filosofía, aunque con menor alcance en su comprensión (Ej. la inmortalidad del alma, la moral, la existencia de Dios...). Por esto último, al tratar de estas cuestiones, hay que advertir cuándo estamos en Filosofía y cuándo en Teología, según la ‘luz’ por la que se mira el objeto de estudio[2].
Conviene notar además, que existe un orden interno en el objeto de la Filosofía, porque en realidad puede tratarse de distintos objetos, considerados filosóficamente. Esta realidad objetiva hace que la Filosofía se constituya como una pluralidad ordenada de ciencias, todas abocadas al conocimiento de las causas últimas. Se hablará entonces, según la especificación del objeto, de ‘Antropología Filosófica’, ‘Física Filosófica’, ‘Filosofía de las matemáticas’, ‘Filosofía del arte’ … La constelación de ‘ciencias filosóficas’ que surge encuentra su unidad en el vértice superior de una ciencia fundante o primera conocida como ‘Metafísica’, y que Aristóteles llamaba ‘Filosofía Primera’ o también ‘Teología’. Las verdades alcanzadas por la Metafísica son absolutamente últimas y por ello, fundantes e iluminantes respecto de todas las verdades pertenecientes al ámbito de las demás ciencias del hombre, las cuales versan acerca de los distintos géneros de entes.
El objeto de la Metafísica es ‘el ser en cuanto ser y sus atributos’. Mas allá de los ‘modos de ser’, la pregunta fundamental de esta ciencia es ¿‘qué es ser’?. El ser en cuanto tal aparece así en la inteligencia humana como lo máximamente apetecido y apetecible.
Los primeros Filósofos, allá por los siglos VII-VI a.C. preguntaban por el arkhé o primer principio de todas las cosas. Al comienzo se dieron respuestas demasiado materiales, sosteniendo que todo estaba hecho de agua, aire, tierra, fuego (uno o los cuatro elementos[3]). Con la sucesión de las generaciones de filósofos la inteligencia humana se fue elevando poco a poco a la consideración de cuestiones cada vez más abstractas, como por ejemplo, la de los números con Pitágoras (s. VI a. C.) y la de la mente ordenadora con Anaxágoras (nace hacia el año 500 a. C.), hasta que se propuso una cuestión clave de la Filosofía: ‘ser o devenir’. Los protagonistas de esta primera puesta en escena fueron Heráclito y Parménides (con sus seguidores respectivos). Heráclito (s. VI-V a. C.), a favor de la afirmación del devenir como única realidad; Parménides, a favor del ser, negando la realidad del cambio. Heráclito sólo veía en la realidad puro cambio, afirmando consecuentemente que nada de las cosas permanece (todo cambia). Parménides (nace a fines de siglo VI a.C.), en cambio, habiendo descubierto la inmutabilidad de los contenidos de la razón (las ideas) sostenía que el cambio era una ilusión de los sentidos, y que en realidad nada cambia, porque todo ‘es’, y el ser no puede cambiar (ni hacia el ‘no ser’, porque el ‘no ser’ no es nada, y nada cambia hacia la nada; ni hacia el ser, porque nada cambia hacia sí mismo).
La Filosofía debe a Parménides el hecho de que se haya puesto el término ‘ser’ en el centro de atención de la Filosofía, pero la explicación que ese filósofo nos dio del ‘ser’ no fue satisfactoria (terminó por dar nociones demasiado materiales y geométricas, diciendo, por ejemplo, que el ser es esférico o cosas por el estilo)[4].
Al llegar la época dorada de la Filosofía griega, la Metafísica alcanzó su primera fase de esplendor:
Platón (428-348 a. C.), el discípulo más sobresaliente de Sócrates (470-399 a.C.), retomó algunas reflexiones de Parménides en cuanto al atractivo de la eternidad o inmutabilidad de las ideas; y no queriendo negar el cambio de las cosas de este mundo se limitó a negarle a estas cosas ‘verdadera realidad’. Afirmó que este mundo consiste en cosas que son pura apariencia, cosas pasajeras, mientras que existe otro mundo constituido por realidades perfectas, las ideas o esencias puras. La mente del hombre, que antes de vivir aquí se hallaba contemplando feliz el mundo de las ideas, según Platón, cayó en el cuerpo, quedando en él como encerrada y obnubilada, impedida de contemplar las ideas (esencias puras). El mundo terrenal no representaba para Platón una fuente del conocimiento de la verdad. Para alcanzar lo verdadero, según el fundador de la Academia, había que esforzar la mente para que recuerde cada vez con mayor claridad las ideas, mediante la Filosofía, y a fin de que, una vez liberado el hombre del cuerpo, el alma retorne al cielo de las esencias perfectas.
Pero lo cierto es que Platón no dio gran relevancia a la noción de ser. Recaló en cambio, en la noción de bondad. Para este gran filósofo es el Bien quien tiene la primacía. El Bien absoluto es identificado con Dios, sol que ilumina todo el cielo de las ideas, es la idea perfectísima. Todo adquiere luz en la medida en que participa de la bondad de Dios; el mundo entero será explicado como un modo de participación lejana de las cosas visibles en aquellas perfecciones inteligibles del mundo de las ideas, cuyo ‘máximo’ se halla en Dios[5].
Aristóteles (384-322 a. C.) le dio a la Metafísica griega su más acabada formulación. Estableció en su seno la primacía absoluta del ser o ente (tó òn). Según esto elaboró magníficos tratados que fueron compilados con el nombre de ‘Metafísica’[6].
Al llegar el cristianismo y como consecuencia del fecundo lazo establecido por esta religión con la cultura griega, la Metafísica fue incorporada al tesoro de pensamiento de la Iglesia (a la cultura católica). San Agustín (354-430) será quien culmine el primer ciclo de inculturación del pensamiento antiguo. Apoyado sobre todo en las aportaciones del neoplatonismo pero dando siempre prioridad al ‘dato revelado’, construyó una síntesis que estuvo vigente durante toda la Edad Media como la visión comprensiva, filosófico-teológica, de la inteligencia cristiana.
Santo Tomás (1225-1274) realizará una nueva y más acabada síntesis en el siglo XIII, novedad que venía siendo requerida por las dificultades que había hecho surgir el pensamiento árabe recién llegado a Occidente[7]. Esta nueva y última síntesis terminará el edificio, otorgando un puesto privilegiado a Aristóteles en los argumentos filosóficos (aunque perfeccionándolo en muchos aspectos), pero no sin asumir todo lo valioso de la metafísica platónica, neoplatónica y demás aportes provenientes del pensamiento de los ‘Padres de la Iglesia’[8].
La metafísica de Santo Tomás de Aquino alcanzó a expresar lo más propio del ser en cuanto ser: el acto de ser, cuya noción permite distinguir cabalmente a Dios de las criaturas, como veremos, y además trazar la escala de los distintos entes.
A partir de este centro-arriba de la Filosofía que es la Metafísica, ciencia humana podrá ser filosófica, en la medida en que se pongan bajo su luz para elucidar las causas últimas de una realidad. Y dicho negativamente: la pérdida o rechazo de la Metafísica significará en cualquier caso la muerte de la Filosofía y de la ciencia, un intento tan obstinado como vano de fundar el conocimiento como tal en causas segundas (hasta su natural consecuencia: la negación de todo fundamento).


2.- LAS FUENTES DE LA EXPERIENCIA FILOSÓFICA

La actividad filosófica se origina en una inclinación natural del hombre a saber por las últimas causas. La búsqueda del saber y del saber fundado, último, es una necesidad que brota en el hombre naturalmente. Las preguntas filosóficas nos sorprenden aunque luego las acallemos. El hombre no se conforma totalmente con respuestas parciales, sino que tiende hacia la verdad última de todas las cosas[9]. Aunque la Filosofía haya nacido como ciencia o disciplina independiente y sistemática en Grecia, hay que reconocer que la pregunta filosófica forma parte del horizonte natural de la vida de todo ser humano que haya alcanzado cierta madurez de la razón. Esa pregunta adquiere diversos modos: ¿Qué es todo? ¿de dónde viene el mundo? ¿hacia dónde va? ¿Qué es el hombre en medio de este inconmensurable universo? ¿En qué consiste la felicidad?. ¿Qué sentido tiene hacer todo lo que se hace?. Aún hoy se puede constatar que el hombre común se plantea estas cuestiones, especialmente motivadas por las experiencias más conmovedoras de la existencia humana: el amor, Dios, la muerte, por ejemplo. Todas ellas ponen su mente y su corazón ante la necesidad imperiosa de ‘conocer el orden fundamental’, la verdad, a fin de apartarse de lo vano y superficial.
En medio del ajetreo cotidiano casi inevitable que impone el mundo del trabajo, y de los interminables ‘trámites’ que condicionan al hombre en su vida social, la pregunta filosófica emerge, irrumpe y detiene: nace la ‘pausa filosófica’[10]. La interrupción del trabajo tiene por fin no sólo ‘reponer energías perdidas’, sino levantar la mirada sobre lo que es mero devenir de una cosa a otra. Muchas veces el hombre no puede detener la agitación interna, aunque esté exteriormente quieto, pero cuando es posible el sosiego verdadero, la mirada del espíritu va tras la totalidad de las cosas, se ensancha y se tiende hacia el infinito. El alma puede entonces adoptar la típica ‘disposición filosófica’.
Desde el plano psicológico, la raíz común de todos estos cuestionamientos filosóficos está en lo que los filósofos, siguiendo a Aristóteles, han caracterizado como el ‘asombro’, que es un temor reverencial (con cierto gozo) ante la realidad. El asombro detiene la mirada del alma pero, a la vez, invita a permanecer mirando[11] (ad - mirandum: mirando hacia[12]). Sólo quien está asombrado puede filosofar en sentido auténtico, porque de esa manera se encuentra abierto a la luz de las cosas, o del ser en las cosas, luz que pide detenimiento y mirada. El asombro abre a la totalidad de lo real, abre ‘los ojos del entendimiento’. En esto podemos decir que el filósofo tiene algo del niño, por esa apertura de la mirada asombrada, maravillada por el ser, el orden, la verdad, la bondad y la belleza. Nos asombramos sólo ante lo grandioso, ante lo que sospechamos que contiene algo maravilloso, sublime, que nos trae alguna luz fundamental para nuestra felicidad[13].
El asombro también es fuente también de la experiencia religiosa, ética y estética. El asombro filosófico se caracteriza propiamente por orientar el alma hacia ‘la verdad última-total-completa’; despierta el deseo de su deleitable contemplación. Será en cambio un asombro de orden estético si cae bajo la razón de ‘lo bello’ (como el que experimentan los artistas para plasmar la belleza en su obra); será del orden ético si cae bajo la razón de ‘lo bueno’ en orden a la recta consecución del fin de la vida humana (como el asombro que experimenta el hombre ante los mejores bienes que determinan su felicidad); y será del orden religioso si cae bajo la razón del vínculo personal con Dios (como el asombro que experimenta el que ora, ante la percepción de la presencia de Dios).
Y cuando el asombro se completa con el tiempo del ‘ocio fecundo’, surge el hábito de filosofar. Desde aquella disposición inicial del asombro y de la pausa, se pasa a la adquisición de la ciencia Filosófica, por medio de la conformación del ámbito propio del filósofo: el ocio fecundo. En el ocio se establece su hábitat, el conjunto de materiales, condiciones, vínculos configurados rítmicamente en torno al objeto de la actividad filosófica (Ej: libros, maestros, conversaciones, naturaleza y aire libre, silencio...).


3.- DEFINICIÓN DE LA TEOLOGÍA COMO CIENCIA[14]

Pasaremos ahora al necesario contrapunto de la Filosofía: la Sagrada Teología.
El término ‘teología’ designa en general ‘la ciencia que trata acerca de Dios’. Ya era usado por los griegos, pero en el cristianismo alcanzó un uso más preciso y rico. En efecto, el pensamiento cristiano asumió la teología de los griegos (llamadas por algunos ‘Teología Filosófica’, ‘Teología Natural’ o ‘Teodicea’), pero desarrolló sobre todo la propia Teología, la que Santo Tomás llamó ‘Sacra Doctrina’, ciencia que desciende directamente de la Verdad revelada en la Palabra de Dios, recibida en la razón del hombre por la Fe y razonada hasta el punto de edificar una ciencia (mixta del Dato Revelado y las razones humanas). El objeto propio de esta sagrada ciencia es Dios considerado formalmente desde la luz del ‘dato revelado’.
En esta Teología se asume y resuelve finalmente la Teología Filosófica, dotada así de un sentido nuevo y definitivo. La Teología Filosófica se incorporará al edificio ‘filosófico-teológico’ para exponer y argumentar las verdades fundamentales acerca de Dios y las creaturas, que la razón humana puede alcanzar por su sola luz, pero siempre estará ordenada al servicio de la Fe y de la sabiduría superior de la Sagrada Doctrina. Por ello las verdades que se estudian filosóficamente aunque también aparecen en la divina revelación, son consideradas en este patrimonio (cultura católica) como ‘preámbulos de la fe’ (preambula fidei), principios o verdades que ordenan la inteligencia humana para recibir la Fe, como una antesala.
La Fe, sin embargo, contiene en su núcleo central verdades a las que la razón humana no alcanza por sus solas luces; son verdades sobrenaturales que la razón humana tampoco puede obtener de ellas un conocimiento propio en esta vida. Se llaman “Misterios” o artículos de la Fe. Dada esta condición de claroscuro de los misterios cristianos, siempre por encima de la humana razón, pero a su vez accesible en cierta medida, se hace posible y necesaria una ciencia más elevada que la Filosofía, a fin de poder recibir en cierta medida esas verdades. El centro de la Sacra Doctrina se halla en el estudio de los Misterios, expresados en los artículos del credo cristiano. Así, por ejemplo, el Misterio de la Trinidad de personas divinas (Padre, Hijo, Espíritu Santo), el Misterio de la Encarnación del Hijo (Jesucristo), el Misterio de la Iglesia como ‘cuerpo místico de Cristo’, el Misterio del fin de los tiempos, etc[15].
Las religiones antiguas no tenían ciencia teológica, porque se fundaban sobre dogmas que no daban lugar a un ejercicio racional científico, sino que solamente se afirmaban y transmitían para la vida religiosa de la comunidad. El cristianismo, en cambio, generó una inmensa y riquísima actividad de reflexión racional en torno al ‘Dato’ Revelado, labor que culminó en la formulación sistemática de una ciencia llamada Sacra Doctrina, o simplemente Teología. Una verdadera inculturación de “los datos desde el Dato”.
La Teología es una ciencia primordialmente especulativa, pues tiende a la contemplación de Dios, pero es, además, práctica en tanto que, desde la meditación de los misterios, se ilumina el obrar humano para alcanzar la salvación, la Vida Eterna. Se suele distinguir entonces entre la ‘Teología Dogmática’ y la ‘Teología Moral’[16], pero esto no debe hacernos perder de vista la unidad de esta ciencia, que eleva al hombre a la contemplación de Dios, al tiempo que ordena o regula el obrar humano hacia el fin último.
A lo largo de la historia, la Sacra Doctrina se ha ido desplegando bajo la custodia y el estímulo incesante del Magisterio de la Iglesia, que en su labor por cuidar la fe de los cristianos ha discernido y condenado los errores y herejías que tergiversaban el mensaje original de Cristo, a la vez que ha ido explicitando y definiendo puntualmente los artículos de la fe y ha orientado muchas veces la reflexión teológica hacia una correcta explicación de las verdades que se creen y se viven (sobre todo la labor de los Papas y de los Concilios)[17]. El Magisterio es así norma permanente de la Teología, y los teólogos se constituyen en servidores del Magisterio, aportándole a éste sus valiosas especulaciones para que la enseñanza se exprese con mayor esplendor ante los fieles cristianos y ante las naciones.


4.- LAS FUENTES DE LA EXPERIENCIA TEOLÓGICA

La ciencia teológica surge desde una profunda experiencia del misterio de Dios al que accedemos por la Fe. Lo primero que el creyente hace ante el ‘Dato revelado’ que se le anuncia es creer: dice ‘creo en Dios Padre... en Jesucristo, su único Hijo... en el Espíritu Santo...’. Por esto se ve que la fe es aceptación, obediencia de la razón, lo que no puede ocurrir sin el influjo de una fuerza superior (la gracia), don de Dios, que mueva al hombre para éste logre dar el salto. Se trata de un salto pues hay que afirmar algo que no se ve.
Sin embargo, no es un acto ‘sin pensamiento’ alguno. El Dato se presenta como una ‘verdad que se comunica’. Dice quién es Dios, quién es Cristo, qué hace por mí y qué debo hacer para seguirlo. Y en tanto es una verdad que se siembra en el alma, el ‘Dato’ se vuelve inquietante e iluminante. Inquietante porque la inteligencia humana desea naturalmente saber, y se inquieta especialmente ante la noticia de lo más noble. Iluminante porque la noticia que trae es una verdad de un orden superior al del entendimiento humano, que se le hace sin embargo accesible de algún modo y necesaria para responder a las cuestiones más importantes del vivir humano: La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida[18]”.
Esta inquietud hacia lo sublime no intenta abarcar todo el Misterio de Dios con la sola razón humana, sino que es una búsqueda humilde, aunque deseosa, de la ‘Luz’, que se resuelve permanentemente en el obsequio de la inteligencia y el corazón diciendo ‘creo’[19]. El movimiento interior nace de la Fe recibida como puro don, provoca un movimiento de la razón que es entonces iluminada y va a parar al acto final de la Fe, más robustecida, en la Esperanza de la Visión.
En cuanto a la verdad que se recibe, diremos por ahora tan sólo esto: el cristiano profesa su fe rezando el ‘credo’[20]. Entre todos los ‘símbolos’ o ‘credos’ de la fe, dos ocupan un lugar muy particular en la vida de la Iglesia: El símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es considerado con justicia el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma, y su gran autoridad le viene precisamente de este hecho: es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero entre los apóstoles, y representante visible de Cristo en el mundo y en la historia (sus sucesores serán los Papas)[21].
“El símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su gran autoridad al hecho de que es fruto de los primeros concilios ecuménicos”[22] (325 – 381, realizados respectivamente, en las ciudades de Nicea y Constantinopla). Estos Concilios explicitaron el Dogma cristiano, definiéndolo, al tiempo que refutaban las herejías que por aquellos tiempos, negaban la divinidad de Cristo (el Arrianismo) y la divinidad del Espíritu Santo (pneumacómacos). Exponemos a continuación el texto de los símbolos mencionados:


Símbolo de los Apóstoles
Credo de Nicea-Constantinopla
Creo en Dios,Padre Todopoderoso,Creador del cielo y de la tierra.

Creo en un solo Dios,Padre Todopoderoso,Creador del cielo y de la tierra, detodo lo visible y lo invisible.
Creo en Jesucristo, su único Hijo,Nuestro Señor,

Creo en un solo Señor, Jesucristo,Hijo único de Dios,nacido del Padre antes de todos lossiglos: Dios de Dios, Luz de Luz,Dios verdadero de Dios verdadero,engendrado, no creado,de la misma naturaleza del Padre,por quien todo fue hecho;que por nosotros, los hombres, ypor nuestra salvación bajó del cielo,
Que fue concebido por obra ygracia del Espíritu Santo,nació de Santa María Virgen,
y por obra del Espíritu Santo seencarnó de María, la Virgen, y sehizo hombre;
padeció bajo el poder de PoncioPilatosfue crucificado,muerto y sepultado,
y por nuestra causa fue crucificadoen tiempos de Poncio Pilatos;padecióy fue sepultado,
descendió a los infiernos,al tercer día resucitó de entrelos muertos,subió a los cielosy está sentado a la derechade Dios, Padre todopoderoso.Desde allí ha de venir ajuzgar a vivos y muertos.
y resucitó al tercer día, según lasEscrituras,y subió al cielo,y está sentado a la derecha del Padre;y de nuevo vendrá con gloria parajuzgar a vivos y muertos,y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo
Creo en el Espíritu Santo,Señor y dador de vida,que procede del Padre y del Hijo,que con el Padre y el Hijo recibeuna misma adoración y gloria,y que habló por los profetas.
La santa Iglesia católica,la comunión de los santos,
Creo en la Iglesia, que es una,santa, católica y apostólica.
el perdón de los pecados,la resurrección de la carney la vida eterna.Amén.
Confieso que hay un solo Bautismopara el perdón de los pecados.Espero la resurrección de los muertosy la vida del mundo futuro.Amén[23].

Desde la recitación y la meditación de estas verdades en las fuentes de la Revelación, arranca la Teología cristiana como ciencia sagrada. Gestada en el original encuentro del hombre con el misterio de Dios, en la profesión de Fe, en la escucha de la Palabra, en la oración, en el culto, en la enseñanza de los doctores de la Iglesia, en fin, en la tarea paciente de estudio y depuración de los datos de la razón, frente al Dato de la Revelación. La Teología está fundada como un ‘itinerario de la mente hacia Dios’, en orden al deseo más profundo de nuestro corazón: ver a Dios, como anticipo que ayuda a degustar en esperanza, hasta que llegue al fin la visión en la gloria eterna.
La ciencia sagrada está hecha para los hombres que están ‘en vía’ (in statu viatoris), para sostenerlos en la luz, para que su fe no tropiece con argumentos falaces. Ayuda a purificar la razón, hacerla más luminosa y ponerla al servicio del anuncio de las cosas de Dios, porque “solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar’[24].
El teólogo vive en una atmósfera o ámbito propio. Su trabajo se nutre de la obra de los maestros que ha dejado la historia del pensamiento cristiano. En este clima se produce la auténtica teología; fuera de estas experiencias fontales no es posible acceder a esta ciencia mixta humano-divina.


5.- PENSAMIENTO ‘FILOSÓFICO-TEOLÓGICO’

Cuando la Filosofía se topó con el cristianismo, la razón científica y la Fe se encontraron, no sin alteraciones ni contrapuntos ásperos. En los tiempos del encuentro amical, la razón se vio motivada e iluminada por la Fe y ésta se vio más cómodamente recibida y expresada por una razón pulida en las distinciones y precisiones conceptuales.
Desde la Teología se motivó la reflexión filosófica por la tensión que ejercían los temas del espíritu y de Dios. El ‘Dato’ de la Revelación portaba verdades llenas de sentido y conducentes a la comprensión de la totalidad, la cual constituye el objeto anhelado por la Filosofía. Ésta era entonces llevada hacia lo alto, a la vez que, desde su propia luz, ofrecía valiosos instrumentos conceptuales para acercar mejor la razón a los datos que venían de la Revelación Divina (la Filosofía se hacía así ‘ancilla theologiae’: servidora de la Teología).
Ocurrió así, entre ambas ciencias, una mutua fecundación. El Filósofo podía ser más sabio y más humilde a la vez. Más sabio por el contacto con verdades más sublimes que las filosóficas, y más humilde porque conocía mejor los límites de la razón humana.
Teología y Filosofía llegaron a conformar un ámbito de pensamiento cristiano, un núcleo doctrinal vital, sin confundirse pero unificándose según el orden de la vida del espíritu, subordinando la Filosofía a la Teología y ésta a su vez a la vida sobrenatural y al Magisterio de la Iglesia, distinguiendo con claridad el objeto y el método propios de cada ciencia.
Con el correr de los siglos, la cultura católica alcanzó en esta doble perspectiva, una síntesis jamás superada entre la FE y la RAZÓN. Una síntesis comprensiva del mundo en su totalidad, del hombre, de la historia, de Cristo, de Dios.
Sólo con la llegada de los tiempos modernos la actividad filosófica intentó ejercitarse al margen de la Fe y de la Teología, con los resultados funestos que de ello se siguieron, entre los que podemos mencionar sobre todo la degradación de la razón a la condición de mero ‘instrumento’, y el alejamiento de la Filosofía de la búsqueda de respuestas definitivas a las preguntas fundamentales de la vida humana[25].
Desde la cultura católica no se puede pretender ‘filosofar’ poniendo a la Fe ‘entre paréntesis’, y mucho menos en el rincón de la duda. Se filosofa desde la saludable apertura de la mente a la verdad, por el amor intenso a ésta y sabiendo que más allá de lo que pueda ‘verse’ con el entendimiento humano en esta vida, se despliega la luz infinita del misterio del ser, de Dios y de su Hijo Jesucristo. La mirada filosófica de un cristiano está tendida hacia lo alto, sin renunciar a iluminar lo más bajo.
Cuando el cristiano hace Teología, lo hace desde la luz de la Revelación pero con el convencimiento de que puede recibir de la razón filosófica valiosísimos instrumentos para construir la ciencia que sea un eficaz ‘itinerario de la mente hacia Dios’.
Este núcleo de ‘pensamiento vivo’, filosófico-teológico, nutre al hombre que se cultiva en el ámbito de la cultura católica, cualifica sus hábitos intelectuales y le dispone con excelencia para iluminar sus actos morales hacia la consecución de la salvación en Cristo, la visión de Dios cara a cara. Trataremos de avanzar según estos principios fundantes de ‘la distinción sin separación y la unión sin confusión’ respecto de los saberes que configuran el núcleo de este pensamiento.
[1] Cf. DIÓGENES Laercio 1, 12; Cicerón, Tuscul., V, 8.
[2] Se trata de precisar no sólo el objeto ‘formal quod’ (la cosa estudiada propiamente por esa ciencia) sino también el ‘formal quo’ o luz por la que se estudia.
[3] Tales optó por el agua, Anaxímenes por el aire, Heráclito por el fuego, Empédocles por los cuatro elementos combinados. Cf. COPLESTON, Frederick. Historia de la Filosofía. Barcelona, Ariel. Vol.I (Grecia y Roma). Parte I, La Filosofía Presocrática.
[4] Cf. Idem.
[5] Cf. Idem, Parte III, puntos XIX (teoría del conocimiento) y XX (doctrina de las formas).
[6] El nombre ‘metafísica’ parece provenir de un miembro de la escuela fundada por Aristóteles –el Liceo- llamado Andrónico de Rodas. Éste fue el primer compilador de las obras del Filósofo y denominó ‘metafísica’ a los libros de la Filosofía Primera, ubicados en la biblioteca después de los ‘Físicos’ (El nombre ‘metafísica’ significa etimológicamente ‘más allá de la física’ o ‘después de la física’). Con el tiempo, este nombre tomó el sentido de superación del nivel cognoscitivo del mundo llamado físico, e incluso del matemático. Aristóteles llamaba a toda esta parte de la Filosofía, simplemente ‘la Filosofía Primera’.
[7] Cf. FÓSBERY, A. La Cultura Católica. Bs.As. Tierra Media, 1999. Los capítulos X y XI.
[8] Se llama así a los maestros de doctrina cristiana de los primeros siglos, que fundaron con su sabiduría y santidad el cuerpo doctrinal fundamental de la Iglesia y fueron quienes con su enseñanza cristianizaron la antigüedad pagana. Damos algunos nombres sobresalientes: San Justino, San Ireneo, San Hipólito, San Juan Damasceno, San Hilario de Poitiers, San Agustín, entre otros.
[9] Cf. ARISTÓTELES. Metafísica. L. I, cc. 1 y 2.
[10] PIEPER, Josef. El ocio y la vida intelectual. Madrid, Rialp, 1997. Capítulo II: Qué es filosofar.
[11] Idem p. 87.
[12] Aunque aquí hablamos particularmente de la vista, pero también debe entenderse del oído (como ocurre en la música), y de los otros sentidos, aunque los dos enunciados son los más espirituales, por lo que invitan más a filosofar.
[13] No debe confundirse este principio del filosofar con la duda. Ésta sólo forma parte del dinamismo filosófico, como de cualquier ciencia, pero no es propiamente principio del Filosofar. De suyo, la duda no genera el pensar filosófico ni invita a él, a no ser que a la duda le siga la experiencia del asombro. En efecto, la duda es la suspensión de un juicio ante una disyuntiva, en la que la mente no se anima a pronunciarse ‘por esto o aquello, por el sí o por el no’. La duda hecha método, engendra escepticismo en el ánimo y va contra la naturaleza misma del hombre y de la Filosofía, que naturalmente desean conocer la verdad. El asombro, en cambio, genera ante todo la certeza gozosa de que se está ante alguna verdad sublime, fecunda, deseada por el hombre y que vale la pena conocer con profundidad. Al respecto Cf. PIEPER, J. El ocio y la vida intelectual. Op. Cit. Cap. II.
[14] Cf. SANTO TOMÁS. Suma Teológica I, q. 1.
[15] Queda así delimitado el objeto de la ciencia teológica, que considera a Dios como objeto formal ‘quod’, desde la luz de la Revelación como formalidad ‘quo’. Aunque en esta ciencia se considere también a las creaturas, se lo hace a modo de objeto material, percibiéndolas desde Dios como su principio primero y fin último, orientándose todo, finalmente a la contemplación de Dios.
[16] Aunque algunos siguen la subdivisión, preferimos retener la unidad de la ciencia teológica, que tiene en primer lugar una fase especulativa acerca de los preámbulos y Misterios de la Fe, y, como extensión, una fase práctica acerca del obrar humano ordenado a la consecución de la Vida Eterna.
[17] Los concilios son reuniones del Papa con el colegio de los Obispos (sucesores de los Apóstoles), para tratar diversos temas dogmáticos, morales, disciplinares, etc., que la Iglesia necesita en determinada circunstancia histórica. Si es de todos los obispos del mundo se denomina Concilio Ecuménico. Participan además otros invitados, como por ejemplo, teólogos, investigadores... La autoridad de los concilios proviene del Papa, el único que tiene el Primado y la Infalibilidad formal en materia de Fe y costumbres. Además de los momentos extraordinarios en que el Papa define ex cáthedra (desde la cátedra ... de Pedro, el Papa) alguna verdad para los cristianos, él mismo, sólo o con los concilios y colaboradores, ejerce permanentemente un magisterio ordinario (con encíclicas, mensajes de diversa índole...).
[18] Catecismo n. 26.
[19] Cf. FÓSBERY, A. La Cult. Catól. Op. cit. c. XVII: La cultura católica como expresión del acto de Fe.
[20] Los credos de la Fe cristiana son “resúmenes orgánicos y articulados destinados sobre todo a los candidatos al bautismo” (Catecismo n. 186). También “se llama a estas síntesis de la fe ‘profesiones de fe’ porque resumen la fe que profesan los cristianos. Se les llama ‘Credo’ por razón de que en ella la primera palabra normalmente es ‘creo’. Se les denomina igualmente ‘símbolos de la fe’ ” (Catecismo n. 187). “La Palabra griega ‘symbolon’ significaba la mitad de un objeto partido (por ejemplo, un sello) que se presentaba como una señal para darse a conocer. Las partes rotas se ponían juntas para verificar la identidad del portador. El símbolo de la fe es, pues, un signo de identificación y de comunión entre los creyentes”. ‘Symbolon’ significa también recopilación, colección o sumario. El ‘símbolo de la fe’ es la recopilación de las principales verdades de la fe. De ahí el hecho de que sirva de punto de referencia primero y fundamental de la catequesis” (Catecismo n. 188).
[21] Cf. Catecismo n. 194.
[22] Idem n. 195.
[23] Textos extraídos del Catecismo, Primera Parte, fin de primera sección.
[24] Catecismo n. 27.
[25] Cf. JUAN PABLO II. Fides et Ratio nn. 5; 46-47; 81.

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